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martes, 24 de mayo de 2011

¿Qué era la limpieza de sangre y qué aplicación tenía?

Escrito en http://www.darrax.es/typo/index.php?id=1067 por: José Manuel de Molina Bautista.
No está permitida la reproducción sin autorización expresa del autor y cita según sus indicaciones.
Era una probanza de linaje puro libre de antepasados moriscos y judíos, indispensable para acceder a cargos públicos.
Se empezó a utilizar en el siglo XV, cuando durante una guerra entre Castilla y Aragón en 1449, Álvaro de Luna en nombre de Juan II exigió un tributo extraordinario a la ciudad de Toledo, que los toledanos se negaron a pagar y señalaron a un comerciante judío converso como instigador de la contribución.[1] Esto desembocó en una rebelión y en saqueo del barrio judío, tras el cual los rebeldes proclamaron un la “Sentencia Estatuto” que expulsaba a los conversos de los cargos públicos. Aplacada la revuelta y a pesar de disposiciones contrarias e incluso de bulas papales como la de Nicolás V, lo cierto es que fueron cuajando estas medidas segregacionistas, que en tiempos de los Reyes Católicos, imbuidos en el espíritu anti semita,  desembocó en la expulsión de los judíos en 1492. Esta anti judaísmo se había vivido en distintos periodos de la Baja Edad Media, pero con la expulsión judía, la conquista del Reino de Granada a los musulmanes nazaríes ese mismo año, y la expansión imperial en el siglo posterior, se hizo práctica común el exigir esta limpieza de sangre para demostrar que no se tenían antepasados impuros, fuesen de origen hebreo, musulmán o penitenciados por la Inquisición.
Esta práctica exclusivamente española, se generalizó con los Austrias a pesar de distintas protestas religiosas y filosóficas. Felipe III ordenó la expulsión de los moriscos, musulmanes conversos al cristianismo en 1609-1614, y aunque el conde duque de Olivares intentó modificar las disposiciones de limpieza de sangre en 1623 dentro de las numerosas reformas para reconvertir el estado plurinacional en un estado moderno, la medida sólo la acataría la Inquisición.
La observancia de esta limpieza de sangre se confundiría con la hidalguía y la prohibición de ejercer usura y oficios mecánicos, con lo que unido a la pérdida del sector mercantilista judío y la mano de obra especializada en artesanía y agricultura como la morisca, se fue debilitando la economía española hasta caer en el marasmo total del siglo XVII.
Debido a la obligatoriedad de limpieza de sangre para cargos públicos y altos empleos religiosos y civiles, fue práctica común ocultar antepasados judíos o musulmanes, por remotos que fueran, aunque fuesen conversos moriscos o marranos. Son casos célebres el de Santa Teresa de Ávila, de origen judío, quizás por ello tan proclive a demostrar su fe con el martirio, o el de los marqueses de Campotéjar, nietos de un sultán de Granada, que ante la imposibilidad de negar sus ancestros, inventaron que a su vez estos musulmanes eran de origen godo y por lo tanto cristianos antes de convertirse al Islam.[2]
En la actualidad estos expedientes de limpieza de sangre son una excepcional fuente para estudiar la genealogía de una familia, con las precauciones por posibles falsificaciones, ya que para ingresar como caballero en una orden militar, o para obtener un empleo de racionero en una Catedral por poner dos ejemplos, eran imprescindibles estos expedientes indagando tres o cuatro generaciones atrás según las épocas. También eran requeridos para el ingreso en cofradías y gremios. Incluso en una institución para instruir marinos como el Colegio de San Telmo de Sevilla, se exigía limpieza de sangre como una forma de elevar la consideración social de la marinería,[3] o incluso para ingresar en una cofradía o hermandad religiosa como la del Cristo de la Columna de Málaga,[4] buen botón de muestra de esta obsesión nacional de ser “cristiano viejo” limpio de sangre mora o judía, que se mantuvo hasta el siglo XIX.

viernes, 20 de mayo de 2011

las españa de los austrias

La España de los Austrias
Vamos a iniciar nuestra andadura en la Edad Moderna o Antiguo Régimen, época en la que España fue gobernada por los Habsburgo (Austrias), pues durante la Edad Antigua "Hispania" era sólo una provincia más del poderoso Imperio Romano y en la Edad Media, se pasó media España luchando contra la otra media por la invasión árabe. En la Edad Moderna, era costumbre generalizada que los matrimonios se concertaran entre las casas reales europeas por conveniencias políticas, a una edad muy temprana que podía oscilar entre 13 a 16 años las princesas y sobre 14 a 17 los herederos. Por ello, no debe extrañarnos las prematuras muertes por parto de muchas princesas reales; para colmo, la mayoría de estos inmaduros matrimonios eran parientes, con las consabidas taras genéticas que ello suponía en sus descendencias. Como ejemplo, la pobre Juana, de la dinastía de los Trastámara, reina de Castilla, "loca de amor" por su infiel marido Felipe "El Hermoso", acentuada después de la prematura muerte de su esposo, con esas "visitas" a su féretro que no dejó que se enterrara hasta que ella fallece...
El hijo de Juana y Felipe, Carlos I de Hasburgo, rey de España y V emperador del Sacro Imperio Germánico, por tanto, "dueño de medio mundo", nació en un retrete del palacio de Gante, durante una fiesta nocturna en la que su madre Juana participaba, por no perder de vista a su galante esposo.
El hijo y heredero del citado emperador, el rey Felipe II, viudo en tres ocasiones, se disfrazaba, amparado por la oscuridad de la noche, para recorrer el Madrid de su época y enterarse de lo que opinaba su pueblo sobre él, mientras realizaba una de las maravillas del arte mundial, el Monasterio de El Escorial obra del arquitecto Juan de Herrera...
Isabel de Borbón fue la primera princesa de esta dinastía real francesa en España. Se casó con Felipe IV, cuando tenían 11 y 10 años, respectivamente. Este rey, también famoso por sus infidelidades (tataranieto de "El Hermoso"), tuvo más de 37 hijos bastardos, uno de ellos con una famosa actriz de la época María Calderón (La Calderona). Su segundo matrimonio con Mariana de Austria quedó inmortalizado por Velázquez, ese gran pintor sevillano del Barroco español y del arte mundial, en el cuadro titulado "Las Meninas" (Museo del Prado) patrimonio del arte universal.
Y por último, para cerrar el capítulo de anécdotas reales de los Hasburgo, qué mejor broche que recordar a su último rey, el singular Carlos II, El Hechizado, que asustaba de feo, cuyo pesar fue no dar heredero para el trono de España, aun siguiendo las sugerencias de un astrólogo de su época, que le mandó nada menos que desenterrar los cadáveres de sus parientes y abrazarlos... sin duda, la escena sería dantesca, porque siguió el consejo al pie de la letra, pensando que así rompería su mala suerte y tendría el deseado heredero al trono.

curiosidades de los austrias y los reyes catolicos

¿Cuánto invirtió la reina Isabel la Católica en Colón? No mucho, ya que un par de banquetes reales costaban a la reina Isabel La Católica tanto como costo patrocinar el primer viaje de Colon al nuevo mundo.
¿Por qué Juana La Loca mantuvo el cuerpo fallecido de su marido meses sin enterrar?
Porque era tan excesivamente celosa que creía que alguna ex-amante podría robárselo, así que de vez en cuando, abría el ataúd para asegurarse que todavía estuviera ahí.
¿Qué curiosa prohibición se mantuvo durante el reinado de los Austrias? En la corte de los Austrias se prohibía que un hombre tocase a la reina. Así, si la reina se caía o sufría un accidente, debían esperar a que llegara el rey a levantarla

madrid de los austrias

Edificio en C/. Arenal esquina a C/. de las Fuentes. Obsérvse la belleza de la fachada.



Aquí vivio y murió D. Pedro Calderón de la Barca, en la calle Arenal

Plaza de la Villa, ahora ya, antiguo Ayuntamiento de Madrid

Fuente en la Plaza del Biombo

Iglesia de San Nicolás de Bari de los Servitas, Monumento Nacional Historico Artístico
Interior de la iglesia de San Nicolás de Bari

Iglesia Arzobispal Castrense, vista caminando desde la Calle Mayo
Entrada a la Iglesia Arzobispal Castrense
Interior de la mencionada Iglesia Arzobispal Castrense

Palacio Abrantes en la C/. Mayor 86. Sede del Instituto Italiano de Cultura

Capitanía General al final de la calle Mayor, ya cerca de la calle Bailén

Plaza Conde de Barajas

Fuente en la plaza Conde de Barajas, si se amplia la foto se ve mejor caer el agua

Calle San Justo

Calle San Justo

Plaza de la Villa

Detalle de una puerta antigua en la plaza de la Villa

Iglesia del Corpus Christi (Carboneras)

Iglesia Pontificia de San Miguel, en la calle San Justo

Detalle del suelo muy parecido al de la iglesia de Santa Bárbara

Tiene una notable influencia italiana

Es Monumento Historico Artístico Nacional

Entrada a la Cripta del Opus Dei, con una hermosa mesa

Interior de la Capilla del Opus Dei

Interior de la iglesia de San Isidro (Colegiata)

Calvario en la colegiata de San Isidro

Santa Mª de la Cabeza

Fuente en la Plaza Santa Cruz

Actual restaurante, y antiguamente capilla a la cual llevaban la noche anterior a los ajusticiados

Curiosa característica del restaurante, con música clásica y zarzuela en directo

Mariachis tocando en la Puerta del Sol

miércoles, 18 de mayo de 2011

caracteris ticas politicas y economicass de la epoca de felipe II

Caracteristicas sociales, políticas y económicas en la época de Felipe II:)

Sociedad:
A lo largo del siglo XVI la población aumentó. Predominaba la nobleza y el alto clero, debido a que acumulaban la rentas y las riquezas del reino. Los no privilegiados el 80% de la población normalmente eran campesinos, tenían obligaciones y pagaban tributos. Por ultimo la sociedad Española existían grupos diferenciados por su religión: moriscos y judíos conversos.



Economía:
En el siglo XVI llegó mucho oro y plata de América a nuestro país y se produjo una subida de nuestros precios que hizo disminuir el poder de las clases altas y su nivel de vida. Llegaron muchos productos agrícolas, los cuales se esportaban más que los productos Hispánicos. Algunos campesinos entraron en deuda para conseguir tierras en América aunque siguieran siendo de los nobles y eran dedicadas a la ganadería.
La industria artesanal se dedicaba al textil, también vio aumentar  la demanda de productos y se produjeron más exportaciones de lana.
El comercio fue el que más se desarrolló. Los comerciantes españoles y extranjeros se encargaban de traer productos de Europa y distribuir los que llegaban de América. Entre las ciudades más destacadas esta Sevilla.

la armada invencible



Combate en aguas del Canal. Cuadro atribuido a Aert van Antum. Museo Marítimo Nacional. Londres La Armada Invencible (1588):
Felipe II meditaba sobre una expedición contra Inglaterra para castigar los repetidos ataques piráticos de Drake y la mala voluntad de Isabel I hacia España y sus establecimientos. Para ello llamó al marino más reputado de aquel tiempo, Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, para pedirle su opinión y éste consideró que el efectuar la invasión de Inglaterra era no sólo empresa posible, sino fácil. Ofrecía encargarse del mando de la Armada y de dirigir la invasión, porque era conveniente que todo dependiera de una sola persona. Aunque se comenzó a tratar el asunto a raíz de la expedición de Drake contra Florida (1586), se aplazó su ejecución para no dejar a España expuesta a ataques de igual clase en caso de un fracaso. La ejecución de María Estuardo en 1587 hizo que se volviera a pensar en la empresa y como, mientras se preparaba, murió Bazán, quizá del pesar que le produjeran ciertas palabras poco meditadas del rey (enero 1588), éste pudo poner al frente de la Armada al duque de Medinasidonia, incapaz de dirigirla, pero que no se opuso a que Alejandro Farnesio tomara el mando de las tropas en tierra, que era lo que siempre quiso Felipe II.
Carlos de Effingham Howard (1536-1624), conde de Nottingham, era el almirante de la marina inglesa desde 1585. Mandó la escuadra inglesa desde la nave capitana Ark Royal. Era sobrino de Isabel I y no tan buen navegante como sus subordinados el vicealmirante Sir Francis Drake y John Hawkins. En 1596, junto con Robert Devereux mandaría la expedición que saqueó Cádiz.
brulotes incendiarios. Cuadro atribuido a Aert van Antum. Museo Marítimo Nacional. Londres La Armada parte de Lisboa (20 mayo 1588):
La Armada, de 130 buques, con 8.253 marinos y 2.088 remeros, más 19.295 hombres de guerra, zarpó de Lisboa; pero sus barcos, a propósito para la ruta de las Indias, no podían resistir los temporales de los mares europeos. La flota inglesa era más ligera y mejor artillada que la española: en el primer encuentro (21 julio) se advirtió su superioridad en maniobrar. El mar no fue favorable a la Invencible: ya una tormenta cerca del cabo Finisterre perjudicó a sus buques. El 22 de julio salió, por segunda vez, de la Coruña y con sus grandes buques parecía una fortaleza flotante. El viento era favorable. Si hubiera atacado entonces a la escuadra inglesa, hubiera vencido, pero Medinasidonia declaró a sus capitanes, deseosos de luchar, que el rey le había mandado no dar la batalla hasta que se reuniera con Farnesio. Este mandato fue la segunda equivocación que hizo fracasar la empresa por perderse ocasión tan favorable. El 23, en ligero combate, se perdió el buque insignia de Recalde. La armada se refugió en Calais. Farnesio se negó a embarcar mientras el mar no estuviera despejado de buques holandeses e ingleses que vigilaban la costa del canal. En éste, los pequeños y ligeros buques ingleses fueron los que dominaron la situación. No hubo realmente un combate decisivo entre ingleses y españoles en el estrecho sino un desgaste continuo de la "Invencible", batida por la superioridad de los ingleses y dispersada por las furias del mar, que aquellas pesadas fortalezas flotantes eran inhábiles para eludir.
Retirada hacia el mar del Norte:
El 28, ante la superioridad inglesa y el temor a los brulotes incendiarios (pequeñas naves incendiadas) que se les lanzaba, así como la incapacidad de la artillería española, la Armada se internó en el mar del Norte. En la noche del 8 al 9 de agosto, los brulotes ingleses sembraron la confusión en la Armada, que perdió 15 buques y 5000 hombres. La tormenta empujó a los otros hacia el Norte y Medinasidonia no se atrevió a regresar por el canal: navegó alrededor de las islas británicas, sembrando el mar y sus costas con los restos de sus navíos. Muchos de los navíos naufragaron en los arrecifes de las costas de Irlanda, de Escocia o de Inglaterra. Millares de hombres se ahogaron y no hubo piedad para los que conseguían llegar a nado a las playas.
Extensión del desastre:
Sólo regresaron a España 66 de éstos y 10.000 hombres. Felipe II dijo al recibir la noticia del fracaso: "Doy gracias a Dios por haberme dado medios para poder sufrir fácilmente un pérdida semejante y porque todavía estoy en situación de volver a construir otra flota tan grande. Una rama ha sido cortada, pero todavía está verde el tronco y puede producir otras nuevas". (Eugenio Sarrablo)
Las pérdidas para España fueron 20.000 hombres, 40 millones de ducados y 100 navíos.
La Inglaterra de Isabel no se dio cuenta de su victoria hasta pasado algún tiempo. La catástrofe española había sido tan fragmentaria y dispersa que los vencedores no pudieron calcular su magnitud y temieron que los navíos se hubieran refugiado en un puerto seguro. Las pérdidas inglesas también fueron grandes, aumentadas por la peste que se difundió entre marinos y soldados. Algunos meses más tarde, en abril de 1589, Isabel, dándose cuenta del significado de la ruina de la "Invencible", quiso sacar partido de ello atacando a Lisboa para instaurar a don Antonio de Portugal, prior de Crato. La expedición dirigida por lord Norreys fue un tremendo fracaso.
Del desastre de la Invencible dependieron muchas aventuras del futuro próximo y lejano: la imposibilidad de reducir a los neerlandeses, la recuperación de Francia como gran potencia europea, la ya insoslayable separación de Portugal. (Vicens Vives)
Su fracaso asegura a las naciones del Norte, hasta entonces mediocres, su porvenir marítimo. Triunfo del protestantismo y del capitalismo al mismo tiempo. El edificio mundial del poderío ibérico no podrá ya durar mucho (Vilar)
Las consecuencias de la derrota no se hicieron esperar: contrariedades en Flandes; el asedio de La Coruña por la escuadra de Drake; la intentona del prior de Crato que, auxiliado por los ingleses, desembarcó en Belem... La situación de Portugal volvió a ser difícil; una victoria definitiva sobre los ingleses hubiera contribuido poderosamente al afianzamiento de la unidad ibérica; por el contrario, la victoria de Inglaterra intensificó la desunión y fomentó el deseo de revancha. (I.Ubeda)
Ark Royal. Nave capitana comandada por el almirante Howard Actitud pesimista general:
La bancarrota de 1596 significaba también el fin de los sueños imperiales de Felipe II. Desde hacía algún tiempo era evidente que España estaba perdiendo su batalla contra las fuerzas del protestantismo internacional. El primer aviso, y el más abrumador, lo dio la derrota, en 1588, de la Armada Invencible. La conquista de Inglaterra había llegado a significarlo todo, tanto para Felipe II como para España, desde que el marqués de Santa Cruz sometió por primera vez su gran proyecto al rey, en 1583. Para Felipe, una invasión de Inglaterra, que Santa Cruz creía de éxito seguro mediante un gasto de poco más de 3.500.000 ducados, parecía ofrecer la mejor, y quizá la única, probabilidad de doblegar a los holandeses. Mientras en el Escorial el rey perfeccionaba, día tras días, sus planes y se llevaban a cabo, lentamente, los complicados preparativos, los curas desde sus púlpitos arratraban al país a un frenesí de fervor patriótico y religioso, denunciando las iniquidades de la herética reina de Inglaterra y evocando de modo vívido las gloriosas cruzadas del pasado español. Que, cierto, juzgo que [esta empresa] es la más importante que ha habido en muchos siglos atrás en la Iglesia de Dios, escribía el jesuita Ribadeneyra, autor de una enardecedora exhortación a los soldados y capitanes enrolados en la expedición. En esta jornada, señores, se encierran todas las razones de justa y santa guerra que puede haber en el mundo... Pero si bien se mira hallaremos que es guerra defensiva, en la cual se defiende nuestra sagrada religión y santísima fe católica romana; se defiende la reputación importantísima de nuestro Rey y Señor y de nuestra Nación; se defienden todas las haciendas y bienes de todos los Reinos de España, y con ellos, nuestra paz, sosiego y quietud. Sólo unos meses más tarde Ribadeneyra escribía una apesadumbrada carta a un privado de Su Majestad (probablemente don Juan de Idiáquez), en la que intentaba explicarle lo aparentemente inexplicable: porque Dios había prestado oídos sordos a las oraciones y súplicas de sus piadosos servidores. Aunque Ribadeneyra encontraba una explicación suficiente en los pecados españoles, por omisión y por comisión, y pleno consuelo en los mismos males enviados por el Altísimo para probar al pueblo elegido, las consecuencias psicológicas del desastre fueron terribles para Castilla. Por un momento, el shock fue demasiado violento para ser inmediatamente acusado y el país necesitó algún tiempo para comprender todas sus implicaciones. Pero el optimismo inconsciente engendrado por los éxitos fantásticos de los cien años anteriores se desvaneció, según parece, de la noche a la mañana. Si hay un año que señale la división entre la España triunfante de los primeros Austrias y la España derrotista y desilusionada de sus sucesores, es el de 1588. (Elliott)

Felipe II No mandé mis naves a luchar contra los elementos:
Esta es la frase que se atribuye a Felipe II al tener noticia de la derrota de la Armada Invencible en agosto de 1588. Es su forma vulgar, porque la fórmula retórica viene en el libro de Modesto Lafuente Historia General de España (tomo XIV, página 247) y dice así: «Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra las tempestades. Doy gracias a Dios de que me haya dejado recursos para soportar tal pérdida: y no creo importe mucho que nos hayan cortado las ramas con tal de que quede el árbol de donde han salido y puedan salir otras». De entrada parece extraño que Felipe II que tuvo fama de lacónico, soltara esta frase tan redonda. Pero era la época romántica de Don Modesto y los historiadores pretendían conocer a través del túnel del tiempo las frases más cinceladas de los protagonistas de la historia. Y así, la impasible y pulida reacción del Rey Prudente ha quedado como clásica. El erudito don Felipe Picatoste afirma que esta frase retrata mejor el pincel de Pantoja de la Cruz:
    «En ella se ve al tétrico monarca penetrarse silenciosamente en el coro de El Escorial por una miserable puertecilla, sentarse humildemente en uno de los últimos sillones, oír la temblorosa voz del enviado que le traía la fatal noticia, juntar las manos, inclinar la cabeza y continuar el rezo. ¡Qué dominio sobre sí mismo no tendría aquella alma tenebrosa!».
No obstante, creemos que ninguna de estas dos versiones puede ser auténtica. Felipe II no tuvo oportunidad de demostrar su famosa serenidad ante la noticia súbita y completa del increíble desastre porque las nuevas le llegaron poco a poco. Si la frase fuera cierta, hubiera tenido que pronunciarse cuando Felipe II recibió el correo de Santander, donde había anclado el duque de Medina Sidonia y este correo tenía que ser el maestro de campo Bobadilla. Es evidente que Felipe II antes de recibir esta visita, ya conocía la carta fechada el 21 de agosto del duque a la que acompañaba su Diario. Y en este Diario no se hablaba en absoluto del tiempo, de los vientos, ni de las tempestades. Amén de esto, conocía también el relato desalentador del capitán Baltasar de Zúñiga. Había recibido asimismo un aviso del duque de Parma muy variado sobre la facasada batalla y noticias de los naufragios en la costa irlandesa y francesa. Pudo expresar evidentemente una frase parecida, pero no en ocasión de recibir este correo. Añadamos que, aunque Felipe II afrontara con su dignidad y firmeza habituales, con su exasperante imperturbabilidad las malas nuevas, éstas le afecta ron profundamente. En otoño de 1588 estuvo muy enfermo. En opinión de los observadores diplomáticos venecianos, los más sagaces, la enfermedad fue agravada por la ansiedad y los disgustos. El nuevo nuncio de Su Santidad opinó que el rey tenía los ojos enrojecidos, no sólo a causa del estudio, sino del llanto, aunque si el rey lloró nadie había sido testigo de ello. Su tez adquirió una extraña palidez en su rostro comenzaron a formarse bolsas, a la vez que su barba encaneció absolutamente. La reacción oficial de Felipe II se puede leer en una carta dirigida a los obispos españoles con fecha del 13 de octubre. Tras comunicarles las malas noticias ya conocidas, concluye: «Debemos loar a Dios por cuanto El ha querido que ocurriera así. Ahora le doy las gracias por la clemencia demostrada. Durante las tormentas que la Armada tuvo que soportar, ésta hubiera podido correr peor suerte...» Lo curioso es que tanto por un lado como por otro de los contendientes se adhirieron a la teoría de la intervención de la Providencia en la destrucción de la Invencible. Isabel de Inglaterra hizo grabar una inscripción que decía: «Dios sopló y fueron dispersados». Los holandeses dijeron algo parecido en sus crónicas. Triunfo y derrota se interpretaron como designio de la Providencia y por esta razón la frase de Felipe II, aunque no la pronuncian en la ocasión que los historiadores románticos le atribuyen, tiene un fondo de total autenticidad. (Luján)

batalla lepanto

La batalla de Lepanto fue un combate naval de capital importancia que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto, frente a la ciudad de Naupacto (mal llamada Lepanto), situado entre el Peloponeso y Epiro, en la Grecia continental.
Se enfrentaron en ella los turcos otomanos contra una coalición cristiana, llamada Liga Santa, formada por el Reino de España, Venecia, Génova y los Estados Pontificios. Los cristianos resultaron vencedores, salvándose sólo 30 galeras turcas. Se frenó así el expansionismo turco por el Mediterráneo occidental. En esta batalla participó Miguel de Cervantes, que resultó herido, sufriendo la pérdida de movilidad de su mano izquierda, lo que valió el sobrenombre de «manco de Lepanto». Este escritor, que estaba muy orgulloso de haber combatido allí, la calificó como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros».

la batalla de san quintin

La batalla de San Quintín fue una batalla transcurrida el 10 de agosto de 1557, que se dio en el marco de las Guerras italianas entre las tropas españolas y el ejército francés, con victoria decisiva para España. Tras haber sido invadido en 1556 el Reino de Nápoles por las tropas francesas del duque de Guisa, Felipe II ordenó a las tropas españolas que se encontraban en los Países Bajos españoles invadir Francia. La guerra abierta entre Enrique II de Francia y Felipe II de España entraba en su fase más crucial.
Una parte de las tropas españolas eran soldados de los Tercios viejos de Nápoles, por entonces bajo soberanía española.

sublevacion de las alpujarras

La Rebelión de las Alpujarras fue un conflicto acontecido en España entre 1568 a 1571 durante el reinado de Felipe II. La abundante población morisca del reino de Granada se alzó en protesta contra la Pragmática Sanción de 1567, que limitaba las libertades religiosas de dicha población. Cuando el poder real consiguió vencer a los sublevados, se decidió dispersar a más de 80.000 moriscos procedentes del reino de Granada por varios puntos de la península Ibérica, para evitar que su concentración provocara nuevas rebeliones. Por la gravedad y la intensidad de sus combates también se le conoce como la Guerra de las Alpujarras.
Pedro de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, emitió un edicto proclamando la pragmática el primero de enero de 1567 y comenzó a hacerlo cumplir. En los meses siguientes los moriscos se dispusieron a negociar a través de Jorge de Baeza y Francisco Núñez Muley, sus representantes, quienes defendieron que las tradiciones perseguidas por el edicto no eran incompatibles con la doctrina cristiana y que el comercio, principal actividad económica de la población morisca después de la agricultura, se podía ver afectado, con la consiguiente disminución de ingresos reales. Estos argumentos, que habían funcionado en negociaciones similares en tiempos de Carlos I, no lo hicieron en esta ocasión.
Tras un año de infructuosas negociaciones, la población morisca granadina decidió levantarse en armas en 1568. No recibieron mucho apoyo en la capital, pero la rebelión se extendió rápidamente por la Alpujarra. A la cabeza del levantamiento morisco se situó Fernando de Córdoba y Válor, que fue proclamado rey cerca de Narila y que se hacía llamar en árabe Abén Humeya (o Abén Omeya), por declararse descendiente la dinastía del Califato de Córdoba. Farax Aben Farax, uno de sus seguidores, fue nombrado alguacil mayor del rey. En 1569 Abén Humeya fue asesinado, ocupando su puesto como rey su primo Abén Aboo. La rebelión fue apoyada militar y económicamente desde Argelia, con el objetivo de debilitar a Felipe II, pasando de los 4.000 insurgentes en 1569 a los 25.000 en 1570, incluyendo bereberes y turcos.
La guerra, que comenzó con incursiones y emboscadas, sorprendió a Felipe II con la mayoría de sus tercios en los Países Bajos. En 1570, ante el grave cariz que tomaba la revuelta, el rey destituyó al marqués de Mondéjar como Capitán General de Granada y nombró en su lugar a su hermanastro don Juan de Austria, quien comandó un ejército regular traído de Italia y del levante español, que sustituyó a la milicia local y que consiguió sofocar la revuelta en 1571. Entre los que pelearon contra los moriscos estuvo el escritor Inca Garcilaso de la Vega. Los últimos rebeldes, tras perder el Fuerte de Juviles, fueron asediados en sus cuevas, muriendo Aben Aboo, apuñalado por sus seguidores, en una cueva de Bérchules.
Los moriscos de Granada que sobrevivieron fueron dispersados hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente hacía Andalucía Occidental y Castilla, para evitar otra rebelión. Finalmente en 1609 Felipe III decretó la total Expulsión de los moriscos españoles.
Existe una novela histórica escrita por Ildefonso Falcones llamada "La Mano de Fátima", cuya trama tiene como entorno la rebelión de los moriscos.

lunes, 16 de mayo de 2011

Guerra de Sucesión española

La Guerra de Sucesión Española fue un conflicto internacional por la sucesión al trono de España tras la muerte de Carlos II, que duró desde 1701 hasta 1713, aunque la resistencia en Cataluña se mantuvo hasta 1714 y en Mallorca hasta 1715, y que se saldó con la instauración de la Casa de Borbón en España. Fue a la vez una guerra civil entre borbónicos y austriacistas pertenecientes a los reinos hispánicos de Castilla y de la Corona de Aragón, cuyos últimos rescoldos no se extinguieron hasta 1744, con la capitulación de Mallorca ante las fuerzas de Felipe V. Situación política previa El último rey de España de la casa de Habsburgo, Carlos II el Hechizado, estéril y enfermizo, murió en 1700 sin dejar descendencia. Durante los años previos a su muerte, la cuestión sucesoria se convirtió en asunto internacional e hizo evidente que la Monarquía Católica constituía un botín tentador para las distintas potencias europeas. Tanto Luis XIV de Francia como el emperador Leopoldo I estaban casados con infantas españolas hijas de Felipe IV, por lo que ambos alegaban derechos a la sucesión española (asimismo, las madres de ambos eran hijas de Felipe III). A través de su madre, María Teresa de Austria (hermana mayor de Carlos II), el Gran Delfín, hijo primogénito y único superviviente de Luis XIV, era el legítimo heredero de la Corona española, pero era ésta una elección problemática. Como heredero también al trono francés, la reunión de ambas coronas hubiese significado, en la práctica, la unión de España -y su vasto imperio- y Francia bajo una misma dirección, en un momento en el que Francia era lo suficientemente fuerte como para poder imponerse como potencia hegemónica. A consecuencia de ello, Inglaterra y Holanda veían con recelo las consecuencias de esta unión y el peligro que para sus intereses pudiera suponer la emergencia de una potencia de tal orden.     Carlos II el Hechizado     Retrato del Cardenal Portocarrero, Lugarteniente y Gobernador del Reino durante la agonía de Carlos II Los candidatos alternativos eran el emperador romano Leopoldo I, primo hermano de Carlos II, y el Elector de Baviera, José Fernando. El primero de ellos también ofrecía problemas formidables, puesto que su elección como heredero hubiese supuesto la resurrección de un imperio semejante al de Carlos I de España del siglo XVI (deshecho por la división de su herencia entre su hijo Felipe y su hermano Fernando). Por ello, Luis XIV temía que volviese a repetirse la situación de los tiempos de Carlos I de España, en la que el eje España-Austria aisló fatalmente a Francia. Aunque tanto Leopoldo como Luis estaban dispuestos a transferir sus pretensiones al trono a miembros más jóvenes de su familia (Luis al hijo más joven del Delfín, Felipe de Anjou, y Leopoldo a su hijo menor, el Archiduque Carlos), la elección del candidato bávaro parecía la opción menos amenazante para las potencias europeas. Como resultado, José Fernando de Baviera era la elección preferida por Inglaterra y Holanda. Francia e Inglaterra, inmersas en la Guerra de los Nueve Años, pactaron la aceptación de José Fernando de Baviera como heredero al trono español, y en consecuencia el rey Carlos II lo nombró Príncipe de Asturias. Para evitar la formación de un bloque hispano-alemán que ahogara a Francia, Luis XIV auspició el Primer Tratado de Partición, firmado en La Haya en 1698, a espaldas de España. Según este tratado, a José Fernando de Baviera se le adjudicaban los reinos peninsulares (exceptuando Guipúzcoa), Cerdeña, los Países Bajos españoles y las colonias americanas, quedando el Milanesado para el Archiduque Carlos y Nápoles, Sicilia y Toscana para el Delfín de Francia. El problema surgió cuando José Fernando de Baviera murió prematuramente en 1699, lo que llevó al Segundo Tratado de Partición, también a espaldas de España. Bajo tal acuerdo, el Archiduque Carlos era reconocido como heredero, pero dejando todos los territorios italianos de España a Francia. Si bien Francia, Holanda e Inglaterra estaban satisfechas con el acuerdo, Austria no lo estaba y reclamaba la totalidad de la herencia española. Sin embargo, un mes antes de su muerte, Carlos II testó a favor de Felipe de Anjou, si bien estableciendo una cláusula por la que Felipe tenía que renunciar a la sucesión de Francia.[3] Esto se debió a que el gobierno español tenía como prioridad principal la conservación de la unidad de los territorios del Imperio español, y Luis XIV de Francia era en ese momento el monarca con mayor poder de Europa y, por ello, prácticamente el único capaz de poder llevar a cabo dicha tarea. Cuando se produjo la muerte de Carlos II, Luis XIV respaldó el testamento. El 12 de noviembre de 1700, Luis XIV hizo pública la aceptación de la herencia en una carta destinada a la reina viuda de España en la que decía: Nuestro pensamiento se aplicará cada día a restablecer, por una paz inviolable, la monarquía de España al más alto grado de gloria que haya alcanzado jamás. Aceptamos en favor de nuestro nieto el duque d'Anjou el testamento del difunto rey católico. Pocos días después, el rey de Francia, ante una asamblea compuesta por la familia real, altos funcionarios del reino y los embajadores extranjeros, presentó al duque de Anjou con estas palabras: Señores, aquí tenéis al rey de España. y a su nieto le dijo: Sé buen español, ése es tu primer deber, pero acuérdate de que has nacido francés, y mantén la unión entre las dos naciones; tal es el camino de hacerlas felices y mantener la paz de Europa. [editar] Felipe V ocupa el trono     Felipe V de España.     Lazos familiares de Felipe V y el Archiduque Carlos con la Casa de Austria. Todos los soberanos de Europa (menos el emperador Leopoldo) reconocieron[cita requerida], quizá con reticencias, a Felipe de Anjou como heredero, el cual se dispuso a hacer uso de sus derechos y tras ser aleccionado por su abuelo, se despidió de la corte francesa. Entró en España cruzando el Bidasoa por Bera de Bidasoa (Navarra), llegando a Madrid el 18 de febrero de 1701. El pueblo madrileño, hastiado del largo y agónico reinado de Carlos II, lo recibió con una alegría delirante y con esperanzas de renovación. Los primeros meses de adaptación en la intrigante corte española fueron difíciles para este joven de 17 años acostumbrado al lujo desmedido de Versalles. Sin embargo, la precipitación y prepotencia de Luis XIV hicieron cambiar la situación. Por un lado, en diciembre de 1700 (antes de la coronación de Felipe V en febrero de 1701), Luis XIV hizo saber que mantenía los derechos sucesorios de su nieto a la corona de Francia.[4] Por otro, tropas francesas comenzaron a establecerse en las plazas fuertes de los Países Bajos españoles, con el consentimiento y colaboración de las fuerzas españolas que las ocupaban. Esta ayuda, que en realidad era un reforzamiento de posiciones, constituía una provocación, y el resto de las potencias reaccionaron. Holanda e Inglaterra se aproximaron al emperador Leopoldo y se comprometieron a otorgar la sucesión de España al Archiduque Carlos. En septiembre de 1701 se formó una coalición internacional mediante la firma de un tratado en La Haya. Esta coalición, llamada la Segunda Gran Alianza, estaba formada por Austria, Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos y Dinamarca,[5] y declaró la guerra a Francia y España en mayo de 1702.[6] Portugal y Saboya se unieron a la alianza en mayo de 1703. La guerra se inició al principio en las fronteras de Francia con estos países, y posteriormente en la propia España, donde se convirtió en una guerra europea en el interior de España sumada a una auténtica guerra civil, básicamente entre la Corona de Aragón (partidaria del Archiduque, el cual había ofrecido garantías de mantener el sistema federal y foral, similar al de las imperiales Austria e Inglaterra) y Castilla (que había aceptado a Felipe V, cuya mentalidad era la del estado centralista de monarquía absoluta comparable al modelo de la Francia de la época).[7] [8] [9] Terminada la guerra, el rey Felipe V mantuvo los fueros del Reino de Navarra y de las Provincias Vascongadas en agradecimiento por su apoyo en el conflicto. Por el contrario, a los territorios españoles que no lo apoyaron, les quitó sus privilegios y fueros. Así, hasta el siglo XX, los únicos territorios españoles que aún mantenían fueros eran Navarra y la provincia vasca de Álava. [editar] Primeras acciones bélicas Como quiera que Felipe V poseía el Ducado de Milán y junto con Francia estaba aliado con varios príncipes italianos, como Víctor Amadeo II de Saboya[10] y Carlos IV Gonzaga, Duque de Mantua,[11] las tropas francesas ocuparon casi todo el norte de Italia hasta el lago de Garda. El Príncipe Eugenio de Saboya, al mando de las tropas del Emperador austriaco, dio comienzo a las hostilidades en 1701 sin declaración de guerra, batiendo al mariscal francés Catinat en la batalla de Carpi, así como a su sucesor, el mariscal Villeroy, en la batalla de Chiari, pero no consiguió tomar Milán por problemas de suministros. El primer ataque a comienzos de 1702 lo lanzaron las tropas austriacas contra la ciudad de Cremona, en Lombardía, haciendo prisionero a Villeroy. Su puesto lo ocupó el Duque de Vendôme, quien rechazó al ejército del Príncipe Eugenio. Los partidarios del Emperador Leopoldo I atacaron primero a los Electores de Colonia y Brunswick que se habían puesto del lado de Luis XIV, ocupando dichos principados. También deseaban impedir que se unieran las fuerzas francesas con las del Elector de Baviera, para lo cual reclutaron un ejército al mando del Margrave Luis Guillermo de Baden, que tomó posiciones en el Rin superior frente a las fuerzas francesas mandadas por el Mariscal Villars. El Margrave de Baden conquistó el 9 de septiembre de 1702 Landau (Alsacia) y el 14 de octubre de 1702 se volvieron a enfrentar ambos ejércitos en la batalla de Friedlingen, de la que ninguno salió vencedor, pero tuvo por consecuencia que los franceses retrocedieran detrás del Rin y no pudieran unirse con los bávaros. Más al norte, el Mariscal Tallard ocupó de nuevo todo el Ducado de Lorena y la ciudad de Tréveris. Estimulado por su abuelo, Felipe V desembarcó cerca de Nápoles, pacificando el Reino de las Dos Sicilias en cerca de un mes, desde donde reembarcó para Finale. De ahí fue a Milán, siendo recibido con entusiasmo también aquí, e incorporándose al ejército del Po, al mando del Duque de Vendôme, a comienzos de julio. La primera batalla, en Santa Vittoria, supuso la destrucción del ejército del general Visconti, por las tropas franco-españolas, a la que siguió un sangriento intento de desquite en la batalla de Luzzara. Su comportamiento en estas batallas fue brillante, rayando lo temerario. Sumido en un nuevo acceso de su enfermiza melancolía, se reembarcó y regresó a España, pasando por Cataluña y Aragón y haciendo entrada triunfal en Madrid el 13 de enero de 1703. A su regreso le esperaban las malas noticias de que la Dieta imperial le había declarado la guerra a él y a su abuelo como usurpadores del trono español. El ejército del duque de Borgoña tuvo que retirarse ante la superioridad de Lord Marlborough, (protagonista de la canción infantil Mambrú se fue a la guerra), perdiéndose Raisenwertz, Vainloo, Rulemunda, Senenverth, Maseich, Lieja y Landau en Alsacia. Contrarrestaron un poco esto los éxitos del Elector de Baviera (aliado de la causa borbónica) tomando Ulm y Memmingen. [editar] Los aliados llevan la guerra a la península Sin embargo, lo más preocupante para la causa borbónica fue una invasión en la península, que dio lugar a la batalla de Cádiz de 1702. Un ejército aliado de 14.000 hombres desembarcó cerca de Cádiz en un momento en que no había casi tropas en la península. Se reunieron a toda prisa, recurriéndose incluso a fondos privados de la esposa de Felipe V, la reina María Luisa Gabriela de Saboya (que en el futuro sería conocida afectuosamente por los castellanos como «la Saboyana»), y del cardenal Portocarrero. Sorprendentemente, este ejército aliado fue rechazado, triunfando la defensa española. Cádiz no fue tomada y el ejército aliado reembarcó. No obstante, tuvo éxito una segunda tentativa en la ría de Vigo tratando de hacerse con una flota española que había regresado de América cargada de plata, entablándose una batalla naval (batalla de Rande) que se saldó con la destrucción de los galeones españoles y de su escolta francesa, aunque la práctica totalidad de la plata había sido desembarcada ya y conducida, primero a Lugo, y más tarde al alcázar de Segovia. Sin embargo, uno de los principales giros de la guerra tuvo lugar en el verano de 1703, momento en el que el Reino de Portugal y el ducado de Saboya (este último regido por el padre de la reina) se unieron a la Gran Alianza, hasta entonces formada únicamente por Inglaterra, Austria y Holanda, según los tratados de Lisboa y Turín. El principal problema de ello fue que Portugal constituyó una excelente base para operaciones en la península para el bando austracista, lo que originó el poder llevar la guerra terrestre al interior de España y la naval a sus costas desde el puerto de Lisboa. La primera consecuencia de esto fue la decisión del emperador Leopoldo de proclamar formalmente a su hijo como "Rey Carlos III de España". El 4 de mayo de 1704, el Archiduque Carlos desembarcó en Lisboa contando con el favor del rey Pedro II de Portugal. La causa «carlista» (como fue llamándose, aunque no está relacionada con las Guerras Carlistas) iba ganando adeptos. El rey Pedro II publicó un manifiesto en el que justificaba su decisión de retirar su apoyo a Felipe V.[12] El Archiduque efectuó un intento de invasión por el valle del Tajo, en Extremadura, con un ejército anglo-holandés que fue rechazado por el ya considerable ejército real de 40.000 hombres que operaba a las órdenes del rey desde marzo y que posteriormente recibiría refuerzos franceses y además el mando del duque de Berwick, un general brillante de origen inglés. Un segundo intento anglo-portugués tratando de tomar Ciudad Rodrigo fue también rechazado. Por su parte, Inglaterra, nación que había apostado por el dominio de los mares desde hacía mucho tiempo, en realidad deseaba el desgaste de los dos contendientes, el reparto de los dominios españoles y obtener los máximos beneficios. Ambicionaba los puntos estratégicos para su comercio marítimo. En 1704, sir George Rooke y el Príncipe de Darmstadt intentaron apoderarse de Barcelona, empresa que se convirtió en fracaso debido a que las instituciones catalanas no se sumaron a la causa austriaca. Sin embargo, de regreso, la flota asedió Gibraltar, la cual estaba defendida sólo por 500 hombres, la mayoría milicianos, al mando de don Diego de Salinas. Gibraltar se rindió honrosamente al Príncipe de Darmstadt tras dos días de lucha; es decir, se rindió a tropas bajo la bandera de un rey español, Carlos III de Habsburgo. En este estado de cosas se produjo en el escenario europeo la batalla de Höchstädt (1704) o de Blenheim, en Baviera. Una gran derrota para Luis XIV en la que perdió 40.000 hombres con importantes consecuencias militares y morales para la causa borbónica. [editar] El Archiduque Carlos aclamado en Barcelona     Retrato del Archiduque Carlos, proclamado ya Conde de Barcelona. Esta victoria aliada supuso una inyección de moral para la causa del Archiduque en la península, la cual ganaba partidarios, y la misma flota que había tomado Gibraltar trasladó al Archiduque Carlos a los territorios de la Corona de Aragón y finalmente a Barcelona. Fue recibido triunfalmente a su paso por Altea y Denia. En Cataluña, la actitud de la población le era favorable por varios motivos: por un lado, el mal recuerdo que tenían los catalanes de los franceses desde la rebelión de 1648, donde la firma de la Paz de los Pirineos (1659) entre los reyes de Francia y España certifica la cesión de Perpiñán a la corona francesa, y el recuerdo de la magnanimidad del comportamiento posterior de Felipe IV. Por otro, la intuición de que los Austrias siempre habían respetado en sus imperios las autonomías locales (intuición que se vio confirmada posteriormente con el Pacto de Génova firmado en junio de 1705), actitud diametralmente opuesta al centralismo borbónico, y, en tercer lugar, las consecuencias económicas negativas de la Paz de los Pirineos, que serían revertidas de cerrarse esta vía favorable a la competencia francesa. El virrey de Felipe V en Cataluña, Fernández de Velasco, estaba enfrentado a la Generalidad y realizaba pocos esfuerzos por disimular su intención de establecer una política centralista[cita requerida]. A mediados de 1705 se desencadenó la rebelión popular[cita requerida]. El 16 de noviembre de 1705, Los Tres Estamentos y el Consejo de Aragón organismos de los fueros de la Corona de Aragón, reconocían como rey a Carlos III. La entrada en Valencia, de los generales Basset y Nebot al mando de fuerzas austriacistas ocurría un mes después, con gran aplauso del pueblo[cita requerida]. Mientras tanto desembarcaba en Lisboa un nuevo contingente anglo-holandés a las órdenes del conde de Peterborough. Se celebró entonces una reunión, con asistencia del Archiduque Carlos de Austria y del rey Pedro de Portugal, en la que se acordó apostar por la unión de los reinos de la antigua Corona de Aragón (Valencia, Aragón y condados catalanes) a la causa del archiduque. Un plenipotenciario de la reina Ana de Inglaterra, Mitford Crow, firmaba con dos enviados catalanes el Pacto de Génova, a favor del Archiduque. Por medio de este pacto, los ingleses se comprometían a garantizar el sistema foral catalán fuera cual fuese el final de la contienda (este pacto debería haber sido tenido en cuenta en las negociaciones, ocho años más tarde, del Tratado de Utrecht; sin embargo, la actitud inglesa fue mucho más ambivalente y no se incluyó ninguna garantía efectiva de la preservación de dichos fueros[cita requerida], por lo que, al final del conflicto, los fueros catalanes serían suprimidos como ya lo habían sido los de Valencia y los de Aragón). Además, el negociador inglés se comprometía a desembarcar en Cataluña 8.000 soldados. El 25 de agosto de 1705, transportadas por una escuadra anglo-holandesa de 160 barcos, tropas aliadas (unos 20.000 hombres) desembarcaron, tras ser imposible hacerlo en las ciudades de Cádiz, Murcia y Alicante, en un pequeño pueblo de la costa alicantina, Altea, donde, tras la destrucción por parte de la escuadra de un pequeño fuerte que defendía un pequeño embarcadero y el río Algar, Basset, lugarteniente del archiduque, desembarcó, y agrupando a los pobladores de las marinas, inició la revuelta. La aparición de la escuadra, junto con la revuelta de Basset, provocó la entrega clamorosa de la ciudad de Denia (8 de agosto), y su paso por Valencia (22 de agosto) encendió también en ella la rebelión. Ya desembarcadas en las inmediaciones de Barcelona, un golpe de mano afortunado puso en sus manos la fortaleza del Montjuïc, y los realistas capitularon el 8 de octubre, abandonando la ciudad que prácticamente se había unido en su oposición a la política intransigente del virrey Velasco. Al día siguiente, el Archiduque Carlos de Austria, con el título de Carlos III de España que se atribuiría durante casi diez años, estableció su capital en Barcelona. Un mes más tarde la nobleza, las corporaciones y los representantes populares de Cataluña juraban por el rey Carlos III. Valencia se declaró por Carlos III el 16 de diciembre. A finales de año, en Cataluña y Valencia sólo Alicante y Rosas permanecían fieles a Felipe V. [editar] El Archiduque Carlos proclamado Carlos III de España En febrero de 1706, Felipe V partió de Madrid dejando casi desguarnecido el frente portugués. Se reunió en Caspe con el mariscal francés Tessé, y con un ejército de 30.000 hombres sitió Barcelona por tierra y por mar (escuadra del conde de Tolosa), llegando a reconquistar el Montjuïc, pero apareció en el puerto una fuerte escuadra anglo-holandesa, mientras que, al mismo tiempo, un ejército anglo-portugués tomaba Badajoz y Plasencia y avanzaba sobre Madrid por los valles del Duero y del Tajo. En un comportamiento según unos autores demasiado prudente, y según otros, militarmente acertado, los borbónicos suspendieron el asedio a Barcelona y se retiraron hacia Madrid por el sur de Francia y la ruta Irún-Burgos. Los aliados habían tomado en mayo Ciudad Rodrigo y Salamanca. Esto forzó al rey y a la reina a abandonar Madrid y trasladarse a Burgos con la corte. El almirante de la escuadra borbónica, marqués de Santacruz, se pasaba al bando austriaco. Zaragoza proclamaba a Carlos III, quedando en Aragón sólo Tarazona y Jaca leales a la causa borbónica. Carlos III dejó Barcelona y, por Zaragoza, llegó a Madrid, donde entró con un ejército extranjero, siendo recibido y proclamado allí el 29 de junio con una frialdad que sorprendió al propio Carlos. Las noticias eran igualmente desastrosas para la causa borbónica en el resto de los frentes europeos y americanos. Los borbónicos perdían Ramillies y 15.000 soldados eran hechos prisioneros, con lo cual el ya duque de Marlborough tomaba casi todos los Países Bajos españoles, incluyendo Bruselas, Brujas, Lovaina, Ostende, Gante y Malinas. En Italia se levantaba el asedio a Turín (la capital de Saboya), lo cual permitía al duque de Saboya tomar Milán el 26 de septiembre y Eugenio de Saboya conquistaba para el Archiduque Carlos el reino de Nápoles. El propio Luis XIV aconsejó a su nieto abandonar. Sin embargo, la simpatía que Felipe V despertaba en la población castellana y extremeña hizo que se levantasen nuevos ejércitos de voluntarios, a los que se sumó un cuerpo expedicionario enviado por Luis XIV bajo el mando del duque de Berwick, un ejército dispuesto a sufrir privaciones y a vencer que expulsaría a los aliados de Castilla casi sin combates. Eso, sumado a una sublevación en Madrid que estaba en ciernes, incitó al Archiduque Carlos y su ejército a abandonar Madrid y replegarse hacia Valencia. Felipe V volvió a entrar en Madrid el 4 de octubre ante el clamor popular. Mientras Felipe entraba en Madrid, el duque de Berwick junto con el obispo Belluga y «cuerpos francos» (precursores de las guerrillas) reconquistaban Elche, Orihuela y Cartagena, capturando 12.000 prisioneros. [editar] La batalla de Almansa y acontecimientos posteriores. Ruptura con Luis XIV     Batalla de Almansa. El 25 de abril de 1707 un ejército aliado anglo-luso-holandés presentó batalla a las tropas borbónicas en la llanura de Almansa sin conocimiento de los importantes refuerzos que éstos últimos habían recibido. Así, la victoria borbónica en la batalla de Almansa fue muy importante, pero no decisiva para el final de la guerra. El ejército aliado se retiró y las fuerzas borbónicas avanzaron hacia el levante, tomando Valencia, recuperando Alcoy y Denia (8 de mayo) y Zaragoza (26 de mayo), y posteriormente Lérida, tomada por asalto el 14 de octubre (de recuerdo particularmente ingrato es el episodio de la toma y posterior incendio de Játiva, la cual había resistido hasta el 20 de junio).[13] Las consecuencias políticas de esta batalla fueron importantes. Animado por su abuelo Luis XIV y escarmentado por los resultados de su política de compromiso previa, Felipe V encargó a un trío de consejeros los primeros pasos para el establecimiento de una reforma unificadora de la Corona española. Se abolieron los fueros de Valencia y Aragón, y esto se efectuó mediante los Decretos de Nueva Planta. En Cataluña, la enconada resistencia de la plaza de Lérida le granjeó represalias particularmente humillantes[cita requerida], que posteriormente pesarían en el ánimo de los catalanes de otras zonas; la catedral fue convertida en cuartel de la guarnición[cita requerida]. A pesar del envío de un ejército por el hermano del Archiduque Carlos, posteriormente cayeron también Tortosa (julio de 1708) y Alicante (abril de 1709). Esta euforia duró poco. Los triunfos terrestres de la casa de Borbón eran contrarrestados por los triunfos marítimos debidos a la superioridad naval anglo-holandesa. En ese mismo año, 1708 se perdió la plaza de Orán y las islas de Cerdeña y Menorca. Además, la guerra en Europa le iba mal a Luis XIV y sus enemigos le habían puesto al borde del colapso militar. Había enviado una expedición desastrosa con la intención de restaurar a los Estuardo en Escocia. En la batalla de Oudenarde había sufrido una derrota aplastante y había perdido la ciudad de Lille. A eso había que sumar las pérdidas italianas, que habían concluido con la invasión de los Estados Pontificios por los austriacos y el reconocimiento del Archiduque Carlos de Austria por el Papa Clemente XI. Su ejército estaba exhausto. Comenzó a pactar una paz con los aliados, pero las negociaciones fracasaron, ya que los aliados pedían la renuncia de Felipe V al trono de Francia, renuncia que Luis XIV se negaba a exigir a su nieto. Luis XIV dejó de enviar tropas desde Francia y además la princesa de los Ursinos destapó por entonces una conjura entre los duques de Orleans y Borgoña para arrebatar el trono a Felipe V. Felipe V, de acuerdo con la reina «saboyana», reaccionó frente a Luis XIV, haciendo jurar a su heredero y recabando independencia total para regir España. Tiempo hace que estoy resuelto y nada hay en el mundo que pueda hacerme variar. Ya que Dios ciñó mis sienes con la Corona de España, la conservaré y la defenderé mientras me quede en las venas una gota de sangre; es un deber que me imponen mi conciencia, mi honor y el amor que a mis súbditos profeso. Felipe V exigió a su abuelo la destitución de su embajador en España y también rompió con el Papado que había reconocido de nuevo al Archiduque Carlos de Austria, clausurando el Tribunal de la Rota y expulsando al nuncio en Madrid. [editar] Contraofensiva austracista     Batalla de Zaragoza. En 1710 en Europa se está preparando silenciosamente la gran negociación para la paz. Las campañas se desarrollan exclusivamente en España. Carlos tomó la iniciativa en España con un imponente ejército internacional con tropas valenciano-catalanas al mando del príncipe austriaco Starhemberg. Rompió el frente en la batalla de Almenar y lo derrotó en la batalla de Zaragoza, volviendo a tomar Zaragoza, donde restituyó los Fueros de Aragón derogados por Felipe V en 1707, y posteriormente hizo una segunda entrada en Madrid (entonces fue cuando hizo su famoso comentario: «Esta ciudad es un desierto», y decidió alojarse extramuros). Felipe se había retirado con su mujer y su corte a Valladolid. Este estado de cosas fue breve. Se producían mesnadas voluntarias por los campos y ciudades de Castilla, que fueron organizadas en «cuerpos francos». Luis XIV, desengañado de sus posibles pactos con los aliados, envió al Duque de Vendôme con quien, en una nueva campaña, Felipe V, que marchaba y acampaba con su ejército comportándose como un auténtico «rey caudillo» al estilo de los Reyes Católicos, volvió a entrar por tercera vez en Madrid, en medio de un clamor estruendoso. Vendôme comentaría: «Jamás vi tal lealtad del pueblo con su rey». Sin mediar batalla alguna, el Archiduque Carlos se había retirado del hostil y frío terreno castellano (Vendôme le había obligado a apostarse en Guadarrama), por la carretera de Aragón a invernar a Barcelona. Sus tropas saquearon iglesias en la retirada, lo que les granjeó el odio del pueblo. [editar] Brihuega y Villaviciosa Felipe V salió con sus tropas sin perder tiempo en pos del ejército austracista, que había cometido el error de dividir sus fuerzas en la Alcarria. En medio de la helada ventisca que domina la Alcarria en invierno, el ejército de James Stanhope se refugió en la hoya donde está la población de Brihuega, a 85 km de Madrid, sin asegurar las alturas que la rodeaban. El ejército borbónico no vaciló en colocar piezas de artillería en las alturas circundantes y bombardear la ciudad para desencadenar después un asalto, dando así inicio la batalla de Brihuega. Al cabo de unas horas, Stanhope capituló y la plaza fue tomada junto con 4.000 prisioneros. Esa misma noche, el príncipe de Starhemberg con el resto del ejército austriaco y las tropas aragonesas, unos 14.000 hombres, llegaba para auxiliar a Stanhope y se detenía en las cercanías de Villaviciosa de Tajuña, a 3 km al nordeste, señalando su campamento con hogueras para animar a los defensores de Brihuega. En la madrugada del 10 de diciembre fue avistado por los ojeadores del ejército borbónico, el cual salió directamente al encuentro del contingente austracista, comenzando la batalla de Villaviciosa a mediodía y terminando al anochecer con la destrucción total del ejército austracista y la fuga de Starhemberg con 60 hombres. En estas victorias se hizo evidente una cosa: el pueblo castellano colaboraba con entrega casi pasional con el rey borbónico. Esto colocó a los integrantes de la Gran Alianza de La Haya ante una triste evidencia de que difícilmente podrían ganar la guerra en la península, y aunque ganasen las campañas militares, las posibilidades de contar con la aceptación por el pueblo español, salvo en los reductos aferrados a la causa austracista, eran muy escasas. Tras las victorias de la Alcarria, Felipe V prosiguió su avance hacia Zaragoza, la cual se le entregó sin lucha el 4 de enero de 1711. Simultáneamente un ejército francés cruzaba los Pirineos y tomaba Gerona. [editar] Últimas campañas y la Paz de Utrecht En 1711 murió el emperador José I, y su sucesor era el propio Archiduque Carlos. Tres días antes había fallecido el Delfín de Francia, padre de Felipe V, lo que colocaba a éste en una posición más cercana a la sucesión de Luis XIV (aún tenía delante a su hermano mayor, el duque de Borgoña y al siguiente hermano, un niño débil a quien todos auguraban una muerte temprana, llamado Luis, en este momento duque de Anjou al dejar el ducado vacante su hermano Felipe y que finalmente sería quien reinaría como Luis XV. Estos decesos dieron un giro a la situación. La posible unión de España con Austria en la persona del Archiduque podía ser más peligrosa que la unión España-Francia: suponía la reaparición del bloque hispano-alemán que tan perjudicial había sido a los otros países en los tiempos del emperador Carlos V. Los demás estados europeos, y sobre todo Inglaterra, aceleraron las negociaciones de cara a una posible paz cuanto antes, ahora que la situación les era conveniente, y comenzaron a ver las ventajas de reconocer a Felipe V como rey español. Para su suerte, Francia estaba exhausta, lo que la hacía más proclive a las negociaciones. El pacto de Luis XIV con Inglaterra se produjo en secreto. Inglaterra se comprometía a reconocer a Felipe V a cambio de conservar Gibraltar y Menorca y ventajas comerciales en Hispanoamérica. Las conversaciones formales se abrieron en Utrecht en enero de 1712, sin que España fuese invitada a las mismas en este momento. En febrero de 1712 moría el duque de Borgoña, quedando sólo Luis, al cual todos consideraban como incapaz. Luis XIV deseaba nombrar regente a su hijo Felipe, pero los ingleses pusieron como condición indispensable para la paz que las dos coronas (España y Francia) quedaran separadas. El que ocupara uno de los reinos debía forzosamente renunciar al otro. En España se produjeron por aquellos días escaramuzas sin importancia, aunque se reafirmó el apoyo de Barcelona a Isabel Cristina, la esposa de Carlos (Carlos VI, emperador de Alemania) que se había quedado en la ciudad al irse su marido. En el escenario europeo se produjo el 24 de julio la derrota del príncipe Eugenio de Saboya en Denain, lo que permite a los franceses recuperar varias plazas. Finalmente Felipe V hizo pública su decisión. El 9 de noviembre de 1712 pronuncia ante las Cortes su renuncia a sus derechos al trono francés (mientras los otros príncipes franceses hacían lo mismo respecto al español ante el parlamento de París), lo cual eliminaba el último punto que obstaculizaba la paz.[14] España acordó paz y amistad con Inglaterra el 27 de marzo de 1713. El 11 de abril se firmó la Paz de Utrecht, que tuvo como consecuencia la tan temida partición que Carlos II había querido evitar. Los Países Bajos católicos, el reino de Nápoles, Cerdeña y el ducado de Milán quedaron en manos del ahora ya emperador Carlos VI de Alemania. El duque de Saboya se anexionó la corona de Sicilia. Inglaterra se quedó con Menorca y Gibraltar y, a costa de Francia, Terranova y la Acadia, la isla de San Cristóbal, en las Antillas y los territorios de la bahía de Hudson. A eso hay que sumar sus privilegios en el mercado de esclavos, mediante el derecho de asiento. El 10 de julio España confirmaba la Paz de Utrecht. Austria se había quedado fuera de esta paz, ya que Carlos VI no renunciaba al trono español, y la emperatriz austriaca seguía en Barcelona. Tampoco hizo la paz España con Portugal ni con Holanda por otros motivos pero, apartada Inglaterra del conflicto, la paz europea vendría en breve. Las cesiones españolas al imperio alemán no se harían efectivas hasta que Carlos VI no renunciase a sus pretensiones. Una segunda paz entre franceses y alemanes se firmaría en Rastatt el 6 de mayo de 1714. Al intentar hacer un balance de vencedores y vencidos en el momento del tratado de Utrecht es un poco difícil hablar en términos absolutos. Inglaterra puede considerarse vencedora, ya que se hizo con estratégicas posesiones coloniales y puertos marítimos que fueron la base de su supremacía futura y del imperio británico. El ducado de Saboya recibió ampliaciones que lo transformaron en el Piamonte. El electorado de Brandeburgo se extendería transformándose en Prusia. El lote italiano del imperio hispánico pasó a manos de Carlos VI. Es de reseñar también la pérdida de Orán y Mazalquivir en 1708 a manos del Imperio otomano, consecuencia indirecta de la guerra al no poder trasladarse tropas de refuerzo a esta ciudad por estar combatiendo en Europa. [editar] Guerra a ultranza en Cataluña Tras la repentina muerte de su hermano, el Archiduque Carlos fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico en septiembre de 1711. Esto le obligó a trasladarse a Fráncfort para su coronación como Carlos VI, y en consecuencia abandonar Cataluña, si bien dejó como regente a su mujer, la emperatriz Isabel Cristina de Brunswick. Cataluña seguía vinculada a Carlos VI por el Pacto de Génova y esperaba que sus privilegios forales fuesen preservados, ya fuera mediante la conservación del territorio catalán unido al Imperio alemán[cita requerida] o por las negociaciones del emperador en Utrecht. Sin embargo, la suerte de Cataluña ya estaba decidida en los preliminares del Tratado de Utrecht, entre los que figuraba un acuerdo secreto por el que los austriacos evacuarían el territorio. De esto no se informó a los representantes del gobierno catalán, a los que la emperatriz les garantizó en repetidas reuniones la conservación de la legislación catalana.     Castillo de Cardona, último reducto de la resistencia catalana a Felipe V Inglaterra pidió a Felipe V que conservase los fueros, a lo cual éste se negó, aunque prometió una amnistía general. Los ingleses no insistieron, puesto que tenían prisa por que se firmase el tratado y disfrutar de las enormes ventajas que les proporcionaba. Al conocer este acuerdo, Austria accedió secretamente a un armisticio en Italia y confirmó el convenio sobre la evacuación de sus tropas en Cataluña. Finalmente la emperatriz también se embarcó en marzo de 1713, oficialmente para «asegurar la sucesión» del trono alemán, quedando como virrey el príncipe Starhemberg, en realidad con la única misión de negociar una capitulación en las mejores condiciones posibles, pero ni siquiera esto fue posible, dado que Felipe V no aceptaba el mantenimiento de los fueros catalanes. Por otra parte, el Tratado de Utrecht únicamente había incluido una cláusula por la que se concedía una amnistía general a los catalanes, pero no les permitía otra legislación que la castellana[cita requerida]. El gobierno catalán se componía entonces de tres instituciones: El Consejo de Ciento (Consell de Cent) que se encargaba de la ciudad de Barcelona, la Diputación General o Generalitat, de atribuciones sobre todo tributarias, y la Junta de Brazos (Junta de Braços), formada por componentes de los tres estamentos clásicos y que en realidad coincidía con la Generalidad (Generalitat)[cita requerida]. El 22 de junio, el príncipe Starhemberg comunicó a los catalanes que había llegado a un acuerdo político con el virrey borbónico en Hospitalet, cuando en realidad lo que había hecho era entregar incondicionalmente Tarragona a los borbónicos. Tras ello, se embarcó secretamente junto con sus soldados, dejando a Cataluña a su suerte. En Barcelona se formó la Junta de Brazos (Junta de Braços) de las Cortes, la cual decidió una defensa numantina. Mientras tanto el virrey borbónico, el duque de Pópoli, sometía las ciudades circundantes y terminó pidiendo la rendición de la propia Barcelona, a lo que ésta se negó. Entonces Pópoli inició un bloqueo marítimo, no demasiado eficaz, ya que era burlado por Mallorca, Cerdeña e Italia. En los siguientes meses se produjeron levantamientos en el campo, que fueron rápidamente sofocados. En eso se firmó la paz de Rastadt, lo cual suponía el abandono definitivo de Carlos VI, pero eso no lo supieron los catalanes hasta más tarde. [editar] La batalla del 11 de septiembre     Batalla del 11 de septiembre de 1714 en Barcelona Felipe V, tras superar la muerte de su mujer, volvió a negociar con los catalanes, los cuales (desconocedores de los términos de Rastatt) le exigieron ingenuamente la conservación de los fueros y 3.000.000 libras en compensación por daños de guerra[cita requerida]. La ciudad había sido asediada por un ejército de 40.000 hombres y 140 cañones, y Felipe V respondió iniciando el bombardeo. El asedio continuó durante dos meses (previamente había sufrido nueve meses de dudoso bloqueo marítimo). El 11 de septiembre de 1714 el mariscal de Berwick ordenó el asalto; la defensa de los catalanes fue «obstinada y feroz», tal como recordaba el marqués de San Felipe,[15] y en la lucha cayó herido gravemente[16] el Conseller en cap (Consejero primero del Consejo de Ciento de Barcelona), Rafael Casanova cuando lideraba el contraataque catalán contra las tropas borbónicas[17] [18] blandiendo la bandera de Santa Eulalia para enardecer a los defensores.[19] En una última llamada a la población barcelonesa, los Tres Comunes de Cataluña[20] ordenaron publicar el siguiente bando considerado por el historiador catalanista y fundador del Centre Català José Coroleu e Inglada y José Pella y Forgas "el documento más importante de los anales de aquella guerra" porque en la Ciudad Condal, "último baluarte de las antiguas libertades de la Península, finía la independencia nacional de una raza en otros tiempos indomable, lanzando con los últimos alientos de su vida su testamento político en digna y solemne justificación de su historia y protesta de su conducta para los venideros siglos en esta forma sublime" y del cual se adjunta copia de la traducción en español del original catalán:[21] «Ahora oíd, se hace saber a todos generalmente, de parte de los Tres Excelentísimos Comunes, tomado el parecer de los Señores de la Junta de Gobierno, personas asociadas, nobles, ciudadanos y oficiales de guerra, que separadamente están impidiendo que los enemigos se internen en la ciudad; atendiendo que la deplorable infelicidad de esta ciudad, en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España, está expuesta al último extremo, de someterse a una entera esclavitud. Notifican, amonestan y exhortan, representando a Padres de la Patria que se afligen de la desgracia irreparable que amenaza el favor e injusto encono de las armas franco-españolas, hecha seria reflexión del estado en que los enemigos del Rey N.S., de nuestra libertad y Patria, están apostados ocupando todas las brechas, cortaduras, baluartes del Portal Nou, Sta. Clara, Llevant y Sta. Eulalia. Se hace saber, que si luego, inmediatamente de oído el presente pregón, todos los naturales, habitantes y demás gentes hábiles para las armas no se presentan en las plazas de Junqueras, Born y Plaza de Palacio, a fin de que unidamente con todos los Señores que representan los Comunes, se puedan rechazar los enemigos, haciendo el último esfuerzo, esperando que Dios misericordioso, mejorará la suerte. Se hace también saber, que siendo la esclavitud cierta y forzosa, en obligación de sus cargos, explican, declaran y protestan a los presentes, y dan testimonio a los venideros, de que han ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, protestando de todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y exterminio todos los honores y privilegios, quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la Libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España, y finalmente dicen y hacen saber, que si después de una hora de publicado el pregón, no comparece gente suficiente para ejecutar la ideada empresa, es forzoso, preciso y necesario hacer llamada y pedir capitulación a los enemigos, antes de llegar la noche, para no exponer a la más lamentable ruina de la Ciudad, para no exponerla a un saqueo general, profanación de los Santos Templos, y sacrificio de niños, mujeres y personas religiosas. Y para que a todos sea generalmente notorio, que con voz alta, clara e inteligible sea publicado por todas las calles de la presente ciudad. Dado en la casa de la Excelentísima Ciudad, residiendo en el Portal de S. Antonio, presentes los mencionados Excelentísimos Señores y personas asociadas, a 11 de Septiembre, a las 3 de la tarde, de 1714». [22]  Finalmente el 12 de septiembre se firmó la capitulación de Barcelona y el 13 de septiembre se ocupó la ciudad. Se disolvieron la Generalidad (Generalitat) y el Consejo de Ciento (Consell de Cent), siendo sustituidos por una Real Junta Superior de Justicia y Gobierno al frente de la cual se puso a José Patiño, el cual destituyó al día siguiente a (... CONTINUARA ...)