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viernes, 20 de mayo de 2011

las españa de los austrias

La España de los Austrias
Vamos a iniciar nuestra andadura en la Edad Moderna o Antiguo Régimen, época en la que España fue gobernada por los Habsburgo (Austrias), pues durante la Edad Antigua "Hispania" era sólo una provincia más del poderoso Imperio Romano y en la Edad Media, se pasó media España luchando contra la otra media por la invasión árabe. En la Edad Moderna, era costumbre generalizada que los matrimonios se concertaran entre las casas reales europeas por conveniencias políticas, a una edad muy temprana que podía oscilar entre 13 a 16 años las princesas y sobre 14 a 17 los herederos. Por ello, no debe extrañarnos las prematuras muertes por parto de muchas princesas reales; para colmo, la mayoría de estos inmaduros matrimonios eran parientes, con las consabidas taras genéticas que ello suponía en sus descendencias. Como ejemplo, la pobre Juana, de la dinastía de los Trastámara, reina de Castilla, "loca de amor" por su infiel marido Felipe "El Hermoso", acentuada después de la prematura muerte de su esposo, con esas "visitas" a su féretro que no dejó que se enterrara hasta que ella fallece...
El hijo de Juana y Felipe, Carlos I de Hasburgo, rey de España y V emperador del Sacro Imperio Germánico, por tanto, "dueño de medio mundo", nació en un retrete del palacio de Gante, durante una fiesta nocturna en la que su madre Juana participaba, por no perder de vista a su galante esposo.
El hijo y heredero del citado emperador, el rey Felipe II, viudo en tres ocasiones, se disfrazaba, amparado por la oscuridad de la noche, para recorrer el Madrid de su época y enterarse de lo que opinaba su pueblo sobre él, mientras realizaba una de las maravillas del arte mundial, el Monasterio de El Escorial obra del arquitecto Juan de Herrera...
Isabel de Borbón fue la primera princesa de esta dinastía real francesa en España. Se casó con Felipe IV, cuando tenían 11 y 10 años, respectivamente. Este rey, también famoso por sus infidelidades (tataranieto de "El Hermoso"), tuvo más de 37 hijos bastardos, uno de ellos con una famosa actriz de la época María Calderón (La Calderona). Su segundo matrimonio con Mariana de Austria quedó inmortalizado por Velázquez, ese gran pintor sevillano del Barroco español y del arte mundial, en el cuadro titulado "Las Meninas" (Museo del Prado) patrimonio del arte universal.
Y por último, para cerrar el capítulo de anécdotas reales de los Hasburgo, qué mejor broche que recordar a su último rey, el singular Carlos II, El Hechizado, que asustaba de feo, cuyo pesar fue no dar heredero para el trono de España, aun siguiendo las sugerencias de un astrólogo de su época, que le mandó nada menos que desenterrar los cadáveres de sus parientes y abrazarlos... sin duda, la escena sería dantesca, porque siguió el consejo al pie de la letra, pensando que así rompería su mala suerte y tendría el deseado heredero al trono.

curiosidades de los austrias y los reyes catolicos

¿Cuánto invirtió la reina Isabel la Católica en Colón? No mucho, ya que un par de banquetes reales costaban a la reina Isabel La Católica tanto como costo patrocinar el primer viaje de Colon al nuevo mundo.
¿Por qué Juana La Loca mantuvo el cuerpo fallecido de su marido meses sin enterrar?
Porque era tan excesivamente celosa que creía que alguna ex-amante podría robárselo, así que de vez en cuando, abría el ataúd para asegurarse que todavía estuviera ahí.
¿Qué curiosa prohibición se mantuvo durante el reinado de los Austrias? En la corte de los Austrias se prohibía que un hombre tocase a la reina. Así, si la reina se caía o sufría un accidente, debían esperar a que llegara el rey a levantarla

madrid de los austrias

Edificio en C/. Arenal esquina a C/. de las Fuentes. Obsérvse la belleza de la fachada.



Aquí vivio y murió D. Pedro Calderón de la Barca, en la calle Arenal

Plaza de la Villa, ahora ya, antiguo Ayuntamiento de Madrid

Fuente en la Plaza del Biombo

Iglesia de San Nicolás de Bari de los Servitas, Monumento Nacional Historico Artístico
Interior de la iglesia de San Nicolás de Bari

Iglesia Arzobispal Castrense, vista caminando desde la Calle Mayo
Entrada a la Iglesia Arzobispal Castrense
Interior de la mencionada Iglesia Arzobispal Castrense

Palacio Abrantes en la C/. Mayor 86. Sede del Instituto Italiano de Cultura

Capitanía General al final de la calle Mayor, ya cerca de la calle Bailén

Plaza Conde de Barajas

Fuente en la plaza Conde de Barajas, si se amplia la foto se ve mejor caer el agua

Calle San Justo

Calle San Justo

Plaza de la Villa

Detalle de una puerta antigua en la plaza de la Villa

Iglesia del Corpus Christi (Carboneras)

Iglesia Pontificia de San Miguel, en la calle San Justo

Detalle del suelo muy parecido al de la iglesia de Santa Bárbara

Tiene una notable influencia italiana

Es Monumento Historico Artístico Nacional

Entrada a la Cripta del Opus Dei, con una hermosa mesa

Interior de la Capilla del Opus Dei

Interior de la iglesia de San Isidro (Colegiata)

Calvario en la colegiata de San Isidro

Santa Mª de la Cabeza

Fuente en la Plaza Santa Cruz

Actual restaurante, y antiguamente capilla a la cual llevaban la noche anterior a los ajusticiados

Curiosa característica del restaurante, con música clásica y zarzuela en directo

Mariachis tocando en la Puerta del Sol

miércoles, 18 de mayo de 2011

caracteris ticas politicas y economicass de la epoca de felipe II

Caracteristicas sociales, políticas y económicas en la época de Felipe II:)

Sociedad:
A lo largo del siglo XVI la población aumentó. Predominaba la nobleza y el alto clero, debido a que acumulaban la rentas y las riquezas del reino. Los no privilegiados el 80% de la población normalmente eran campesinos, tenían obligaciones y pagaban tributos. Por ultimo la sociedad Española existían grupos diferenciados por su religión: moriscos y judíos conversos.



Economía:
En el siglo XVI llegó mucho oro y plata de América a nuestro país y se produjo una subida de nuestros precios que hizo disminuir el poder de las clases altas y su nivel de vida. Llegaron muchos productos agrícolas, los cuales se esportaban más que los productos Hispánicos. Algunos campesinos entraron en deuda para conseguir tierras en América aunque siguieran siendo de los nobles y eran dedicadas a la ganadería.
La industria artesanal se dedicaba al textil, también vio aumentar  la demanda de productos y se produjeron más exportaciones de lana.
El comercio fue el que más se desarrolló. Los comerciantes españoles y extranjeros se encargaban de traer productos de Europa y distribuir los que llegaban de América. Entre las ciudades más destacadas esta Sevilla.

la armada invencible



Combate en aguas del Canal. Cuadro atribuido a Aert van Antum. Museo Marítimo Nacional. Londres La Armada Invencible (1588):
Felipe II meditaba sobre una expedición contra Inglaterra para castigar los repetidos ataques piráticos de Drake y la mala voluntad de Isabel I hacia España y sus establecimientos. Para ello llamó al marino más reputado de aquel tiempo, Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, para pedirle su opinión y éste consideró que el efectuar la invasión de Inglaterra era no sólo empresa posible, sino fácil. Ofrecía encargarse del mando de la Armada y de dirigir la invasión, porque era conveniente que todo dependiera de una sola persona. Aunque se comenzó a tratar el asunto a raíz de la expedición de Drake contra Florida (1586), se aplazó su ejecución para no dejar a España expuesta a ataques de igual clase en caso de un fracaso. La ejecución de María Estuardo en 1587 hizo que se volviera a pensar en la empresa y como, mientras se preparaba, murió Bazán, quizá del pesar que le produjeran ciertas palabras poco meditadas del rey (enero 1588), éste pudo poner al frente de la Armada al duque de Medinasidonia, incapaz de dirigirla, pero que no se opuso a que Alejandro Farnesio tomara el mando de las tropas en tierra, que era lo que siempre quiso Felipe II.
Carlos de Effingham Howard (1536-1624), conde de Nottingham, era el almirante de la marina inglesa desde 1585. Mandó la escuadra inglesa desde la nave capitana Ark Royal. Era sobrino de Isabel I y no tan buen navegante como sus subordinados el vicealmirante Sir Francis Drake y John Hawkins. En 1596, junto con Robert Devereux mandaría la expedición que saqueó Cádiz.
brulotes incendiarios. Cuadro atribuido a Aert van Antum. Museo Marítimo Nacional. Londres La Armada parte de Lisboa (20 mayo 1588):
La Armada, de 130 buques, con 8.253 marinos y 2.088 remeros, más 19.295 hombres de guerra, zarpó de Lisboa; pero sus barcos, a propósito para la ruta de las Indias, no podían resistir los temporales de los mares europeos. La flota inglesa era más ligera y mejor artillada que la española: en el primer encuentro (21 julio) se advirtió su superioridad en maniobrar. El mar no fue favorable a la Invencible: ya una tormenta cerca del cabo Finisterre perjudicó a sus buques. El 22 de julio salió, por segunda vez, de la Coruña y con sus grandes buques parecía una fortaleza flotante. El viento era favorable. Si hubiera atacado entonces a la escuadra inglesa, hubiera vencido, pero Medinasidonia declaró a sus capitanes, deseosos de luchar, que el rey le había mandado no dar la batalla hasta que se reuniera con Farnesio. Este mandato fue la segunda equivocación que hizo fracasar la empresa por perderse ocasión tan favorable. El 23, en ligero combate, se perdió el buque insignia de Recalde. La armada se refugió en Calais. Farnesio se negó a embarcar mientras el mar no estuviera despejado de buques holandeses e ingleses que vigilaban la costa del canal. En éste, los pequeños y ligeros buques ingleses fueron los que dominaron la situación. No hubo realmente un combate decisivo entre ingleses y españoles en el estrecho sino un desgaste continuo de la "Invencible", batida por la superioridad de los ingleses y dispersada por las furias del mar, que aquellas pesadas fortalezas flotantes eran inhábiles para eludir.
Retirada hacia el mar del Norte:
El 28, ante la superioridad inglesa y el temor a los brulotes incendiarios (pequeñas naves incendiadas) que se les lanzaba, así como la incapacidad de la artillería española, la Armada se internó en el mar del Norte. En la noche del 8 al 9 de agosto, los brulotes ingleses sembraron la confusión en la Armada, que perdió 15 buques y 5000 hombres. La tormenta empujó a los otros hacia el Norte y Medinasidonia no se atrevió a regresar por el canal: navegó alrededor de las islas británicas, sembrando el mar y sus costas con los restos de sus navíos. Muchos de los navíos naufragaron en los arrecifes de las costas de Irlanda, de Escocia o de Inglaterra. Millares de hombres se ahogaron y no hubo piedad para los que conseguían llegar a nado a las playas.
Extensión del desastre:
Sólo regresaron a España 66 de éstos y 10.000 hombres. Felipe II dijo al recibir la noticia del fracaso: "Doy gracias a Dios por haberme dado medios para poder sufrir fácilmente un pérdida semejante y porque todavía estoy en situación de volver a construir otra flota tan grande. Una rama ha sido cortada, pero todavía está verde el tronco y puede producir otras nuevas". (Eugenio Sarrablo)
Las pérdidas para España fueron 20.000 hombres, 40 millones de ducados y 100 navíos.
La Inglaterra de Isabel no se dio cuenta de su victoria hasta pasado algún tiempo. La catástrofe española había sido tan fragmentaria y dispersa que los vencedores no pudieron calcular su magnitud y temieron que los navíos se hubieran refugiado en un puerto seguro. Las pérdidas inglesas también fueron grandes, aumentadas por la peste que se difundió entre marinos y soldados. Algunos meses más tarde, en abril de 1589, Isabel, dándose cuenta del significado de la ruina de la "Invencible", quiso sacar partido de ello atacando a Lisboa para instaurar a don Antonio de Portugal, prior de Crato. La expedición dirigida por lord Norreys fue un tremendo fracaso.
Del desastre de la Invencible dependieron muchas aventuras del futuro próximo y lejano: la imposibilidad de reducir a los neerlandeses, la recuperación de Francia como gran potencia europea, la ya insoslayable separación de Portugal. (Vicens Vives)
Su fracaso asegura a las naciones del Norte, hasta entonces mediocres, su porvenir marítimo. Triunfo del protestantismo y del capitalismo al mismo tiempo. El edificio mundial del poderío ibérico no podrá ya durar mucho (Vilar)
Las consecuencias de la derrota no se hicieron esperar: contrariedades en Flandes; el asedio de La Coruña por la escuadra de Drake; la intentona del prior de Crato que, auxiliado por los ingleses, desembarcó en Belem... La situación de Portugal volvió a ser difícil; una victoria definitiva sobre los ingleses hubiera contribuido poderosamente al afianzamiento de la unidad ibérica; por el contrario, la victoria de Inglaterra intensificó la desunión y fomentó el deseo de revancha. (I.Ubeda)
Ark Royal. Nave capitana comandada por el almirante Howard Actitud pesimista general:
La bancarrota de 1596 significaba también el fin de los sueños imperiales de Felipe II. Desde hacía algún tiempo era evidente que España estaba perdiendo su batalla contra las fuerzas del protestantismo internacional. El primer aviso, y el más abrumador, lo dio la derrota, en 1588, de la Armada Invencible. La conquista de Inglaterra había llegado a significarlo todo, tanto para Felipe II como para España, desde que el marqués de Santa Cruz sometió por primera vez su gran proyecto al rey, en 1583. Para Felipe, una invasión de Inglaterra, que Santa Cruz creía de éxito seguro mediante un gasto de poco más de 3.500.000 ducados, parecía ofrecer la mejor, y quizá la única, probabilidad de doblegar a los holandeses. Mientras en el Escorial el rey perfeccionaba, día tras días, sus planes y se llevaban a cabo, lentamente, los complicados preparativos, los curas desde sus púlpitos arratraban al país a un frenesí de fervor patriótico y religioso, denunciando las iniquidades de la herética reina de Inglaterra y evocando de modo vívido las gloriosas cruzadas del pasado español. Que, cierto, juzgo que [esta empresa] es la más importante que ha habido en muchos siglos atrás en la Iglesia de Dios, escribía el jesuita Ribadeneyra, autor de una enardecedora exhortación a los soldados y capitanes enrolados en la expedición. En esta jornada, señores, se encierran todas las razones de justa y santa guerra que puede haber en el mundo... Pero si bien se mira hallaremos que es guerra defensiva, en la cual se defiende nuestra sagrada religión y santísima fe católica romana; se defiende la reputación importantísima de nuestro Rey y Señor y de nuestra Nación; se defienden todas las haciendas y bienes de todos los Reinos de España, y con ellos, nuestra paz, sosiego y quietud. Sólo unos meses más tarde Ribadeneyra escribía una apesadumbrada carta a un privado de Su Majestad (probablemente don Juan de Idiáquez), en la que intentaba explicarle lo aparentemente inexplicable: porque Dios había prestado oídos sordos a las oraciones y súplicas de sus piadosos servidores. Aunque Ribadeneyra encontraba una explicación suficiente en los pecados españoles, por omisión y por comisión, y pleno consuelo en los mismos males enviados por el Altísimo para probar al pueblo elegido, las consecuencias psicológicas del desastre fueron terribles para Castilla. Por un momento, el shock fue demasiado violento para ser inmediatamente acusado y el país necesitó algún tiempo para comprender todas sus implicaciones. Pero el optimismo inconsciente engendrado por los éxitos fantásticos de los cien años anteriores se desvaneció, según parece, de la noche a la mañana. Si hay un año que señale la división entre la España triunfante de los primeros Austrias y la España derrotista y desilusionada de sus sucesores, es el de 1588. (Elliott)

Felipe II No mandé mis naves a luchar contra los elementos:
Esta es la frase que se atribuye a Felipe II al tener noticia de la derrota de la Armada Invencible en agosto de 1588. Es su forma vulgar, porque la fórmula retórica viene en el libro de Modesto Lafuente Historia General de España (tomo XIV, página 247) y dice así: «Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra las tempestades. Doy gracias a Dios de que me haya dejado recursos para soportar tal pérdida: y no creo importe mucho que nos hayan cortado las ramas con tal de que quede el árbol de donde han salido y puedan salir otras». De entrada parece extraño que Felipe II que tuvo fama de lacónico, soltara esta frase tan redonda. Pero era la época romántica de Don Modesto y los historiadores pretendían conocer a través del túnel del tiempo las frases más cinceladas de los protagonistas de la historia. Y así, la impasible y pulida reacción del Rey Prudente ha quedado como clásica. El erudito don Felipe Picatoste afirma que esta frase retrata mejor el pincel de Pantoja de la Cruz:
    «En ella se ve al tétrico monarca penetrarse silenciosamente en el coro de El Escorial por una miserable puertecilla, sentarse humildemente en uno de los últimos sillones, oír la temblorosa voz del enviado que le traía la fatal noticia, juntar las manos, inclinar la cabeza y continuar el rezo. ¡Qué dominio sobre sí mismo no tendría aquella alma tenebrosa!».
No obstante, creemos que ninguna de estas dos versiones puede ser auténtica. Felipe II no tuvo oportunidad de demostrar su famosa serenidad ante la noticia súbita y completa del increíble desastre porque las nuevas le llegaron poco a poco. Si la frase fuera cierta, hubiera tenido que pronunciarse cuando Felipe II recibió el correo de Santander, donde había anclado el duque de Medina Sidonia y este correo tenía que ser el maestro de campo Bobadilla. Es evidente que Felipe II antes de recibir esta visita, ya conocía la carta fechada el 21 de agosto del duque a la que acompañaba su Diario. Y en este Diario no se hablaba en absoluto del tiempo, de los vientos, ni de las tempestades. Amén de esto, conocía también el relato desalentador del capitán Baltasar de Zúñiga. Había recibido asimismo un aviso del duque de Parma muy variado sobre la facasada batalla y noticias de los naufragios en la costa irlandesa y francesa. Pudo expresar evidentemente una frase parecida, pero no en ocasión de recibir este correo. Añadamos que, aunque Felipe II afrontara con su dignidad y firmeza habituales, con su exasperante imperturbabilidad las malas nuevas, éstas le afecta ron profundamente. En otoño de 1588 estuvo muy enfermo. En opinión de los observadores diplomáticos venecianos, los más sagaces, la enfermedad fue agravada por la ansiedad y los disgustos. El nuevo nuncio de Su Santidad opinó que el rey tenía los ojos enrojecidos, no sólo a causa del estudio, sino del llanto, aunque si el rey lloró nadie había sido testigo de ello. Su tez adquirió una extraña palidez en su rostro comenzaron a formarse bolsas, a la vez que su barba encaneció absolutamente. La reacción oficial de Felipe II se puede leer en una carta dirigida a los obispos españoles con fecha del 13 de octubre. Tras comunicarles las malas noticias ya conocidas, concluye: «Debemos loar a Dios por cuanto El ha querido que ocurriera así. Ahora le doy las gracias por la clemencia demostrada. Durante las tormentas que la Armada tuvo que soportar, ésta hubiera podido correr peor suerte...» Lo curioso es que tanto por un lado como por otro de los contendientes se adhirieron a la teoría de la intervención de la Providencia en la destrucción de la Invencible. Isabel de Inglaterra hizo grabar una inscripción que decía: «Dios sopló y fueron dispersados». Los holandeses dijeron algo parecido en sus crónicas. Triunfo y derrota se interpretaron como designio de la Providencia y por esta razón la frase de Felipe II, aunque no la pronuncian en la ocasión que los historiadores románticos le atribuyen, tiene un fondo de total autenticidad. (Luján)

batalla lepanto

La batalla de Lepanto fue un combate naval de capital importancia que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto, frente a la ciudad de Naupacto (mal llamada Lepanto), situado entre el Peloponeso y Epiro, en la Grecia continental.
Se enfrentaron en ella los turcos otomanos contra una coalición cristiana, llamada Liga Santa, formada por el Reino de España, Venecia, Génova y los Estados Pontificios. Los cristianos resultaron vencedores, salvándose sólo 30 galeras turcas. Se frenó así el expansionismo turco por el Mediterráneo occidental. En esta batalla participó Miguel de Cervantes, que resultó herido, sufriendo la pérdida de movilidad de su mano izquierda, lo que valió el sobrenombre de «manco de Lepanto». Este escritor, que estaba muy orgulloso de haber combatido allí, la calificó como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros».

la batalla de san quintin

La batalla de San Quintín fue una batalla transcurrida el 10 de agosto de 1557, que se dio en el marco de las Guerras italianas entre las tropas españolas y el ejército francés, con victoria decisiva para España. Tras haber sido invadido en 1556 el Reino de Nápoles por las tropas francesas del duque de Guisa, Felipe II ordenó a las tropas españolas que se encontraban en los Países Bajos españoles invadir Francia. La guerra abierta entre Enrique II de Francia y Felipe II de España entraba en su fase más crucial.
Una parte de las tropas españolas eran soldados de los Tercios viejos de Nápoles, por entonces bajo soberanía española.

sublevacion de las alpujarras

La Rebelión de las Alpujarras fue un conflicto acontecido en España entre 1568 a 1571 durante el reinado de Felipe II. La abundante población morisca del reino de Granada se alzó en protesta contra la Pragmática Sanción de 1567, que limitaba las libertades religiosas de dicha población. Cuando el poder real consiguió vencer a los sublevados, se decidió dispersar a más de 80.000 moriscos procedentes del reino de Granada por varios puntos de la península Ibérica, para evitar que su concentración provocara nuevas rebeliones. Por la gravedad y la intensidad de sus combates también se le conoce como la Guerra de las Alpujarras.
Pedro de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, emitió un edicto proclamando la pragmática el primero de enero de 1567 y comenzó a hacerlo cumplir. En los meses siguientes los moriscos se dispusieron a negociar a través de Jorge de Baeza y Francisco Núñez Muley, sus representantes, quienes defendieron que las tradiciones perseguidas por el edicto no eran incompatibles con la doctrina cristiana y que el comercio, principal actividad económica de la población morisca después de la agricultura, se podía ver afectado, con la consiguiente disminución de ingresos reales. Estos argumentos, que habían funcionado en negociaciones similares en tiempos de Carlos I, no lo hicieron en esta ocasión.
Tras un año de infructuosas negociaciones, la población morisca granadina decidió levantarse en armas en 1568. No recibieron mucho apoyo en la capital, pero la rebelión se extendió rápidamente por la Alpujarra. A la cabeza del levantamiento morisco se situó Fernando de Córdoba y Válor, que fue proclamado rey cerca de Narila y que se hacía llamar en árabe Abén Humeya (o Abén Omeya), por declararse descendiente la dinastía del Califato de Córdoba. Farax Aben Farax, uno de sus seguidores, fue nombrado alguacil mayor del rey. En 1569 Abén Humeya fue asesinado, ocupando su puesto como rey su primo Abén Aboo. La rebelión fue apoyada militar y económicamente desde Argelia, con el objetivo de debilitar a Felipe II, pasando de los 4.000 insurgentes en 1569 a los 25.000 en 1570, incluyendo bereberes y turcos.
La guerra, que comenzó con incursiones y emboscadas, sorprendió a Felipe II con la mayoría de sus tercios en los Países Bajos. En 1570, ante el grave cariz que tomaba la revuelta, el rey destituyó al marqués de Mondéjar como Capitán General de Granada y nombró en su lugar a su hermanastro don Juan de Austria, quien comandó un ejército regular traído de Italia y del levante español, que sustituyó a la milicia local y que consiguió sofocar la revuelta en 1571. Entre los que pelearon contra los moriscos estuvo el escritor Inca Garcilaso de la Vega. Los últimos rebeldes, tras perder el Fuerte de Juviles, fueron asediados en sus cuevas, muriendo Aben Aboo, apuñalado por sus seguidores, en una cueva de Bérchules.
Los moriscos de Granada que sobrevivieron fueron dispersados hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente hacía Andalucía Occidental y Castilla, para evitar otra rebelión. Finalmente en 1609 Felipe III decretó la total Expulsión de los moriscos españoles.
Existe una novela histórica escrita por Ildefonso Falcones llamada "La Mano de Fátima", cuya trama tiene como entorno la rebelión de los moriscos.

lunes, 16 de mayo de 2011

conde duque de olivares


Conde duque de olivares


Conde-Duque de Olivares
Secretario de Estado de la Corona
(Valido del Rey)
Mandato
Nombre real
Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar
Nacimiento
Fallecimiento
Consorte
Descendencia
Casa Real
Padre
Enrique de Guzmán, embajador de España.
Madre
Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar (Roma, 6 de enero de 1587 - Toro, 22 de julio de 1645), noble y político español, III conde de Olivares, I duque de Sanlúcar la Mayor, I marqués de Heliche y I conde de Arzarcóllar, conocido como el Conde-Duque de Olivares, valido del rey Felipe IV.

 

Nieto de Pedro Pérez de Guzmán y Zúñiga, I conde de Olivares, y bisnieto del III duque de Medina Sidonia, nació en Roma, donde su padre, Enrique de Guzmán, era embajador de España. Vivió en Italia hasta los doce años, pues su padre fue sucesivamente virrey de Sicilia y de Nápoles. Como tercer[1] hijo de la Casa de Olivares, rama menor de la poderosa Casa de Medina Sidonia, se le destinó a la carrera eclesiástica. A los catorce años fue enviado a estudiar derecho canónico a la Universidad de Salamanca. Sin embargo, las muertes sucesivas de sus dos hermanos mayores le convirtieron en heredero del título, de forma que tuvo que abandonar en 1604 los estudios para acompañar a su padre en la corte de Felipe III, donde éste había sido nombrado miembro del Consejo de Estado y Contador Mayor de Cuentas. Al morir su padre en 1607, heredó el mayorazgo de Olivares y se concentró en cortejar a su prima, Inés de Zúñiga y Velasco, con la que se casaría ese año, con la pretensión de obtener el título de Grande de España. Ante el fracaso en esta pretensión, se retiró a Sevilla para administrar sus dominios, donde pasaría ocho años y compraría la jurisdicción de la villa de Bollullos de la Mitación.

 Ascenso al poder

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El Conde-Duque de Olivares. Velázquez. Museo del Hermitage
En 1615 consiguió que Francisco de Sandoval, duque de Lerma le nombrase gentilhombre de cámara del príncipe Felipe, futuro Felipe IV, con lo que regresó a la corte. Desde ese cargo intervino en las luchas de poder entre el valido del rey, el duque de Lerma y su hijo, el duque de Uceda, apoyando a este último. A la caída de aquel, en 1618, Olivares se encontró formando parte de la facción ganadora. Desde ese papel, emprendió la creación de un polo de poder alternativo, apoyándose en su tío Baltasar de Zúñiga, que había sido llamado a la corte en 1617 por el duque de Uceda, a sugerencia de Olivares. Éste, hombre inteligente y de gran influencia, supo hacerse con el favor del futuro Felipe IV, de forma que cuando accedió al trono en 1621 le nombró favorito en lugar del duque de Uceda, triunfando la facción de Olivares. El 10 de abril de ese año, el rey concedió a Olivares el título de grande de España, utilizando la fórmula convencional "Conde de Olivares, cubríos". Finalmente, a la muerte de su tío en 1622, se hizo cargo del gobierno como valido.
En lo tocante a la política que habría de seguir en Nueva España envió para poner en práctica su proyecto reformista al marqués de los Gelves, hombre ya viejo para la época pero acostumbrado a obedecer.
Desde 1622 sus cargos en la corte fueron sumiller de corps y caballerizo mayor, con los que se garantizaba el acceso constante a la persona del rey, tanto dentro de palacio como cuando salía de caza, e incluso con la obligación de dormir en sus aposentos. Desde 1636 también fue camarero mayor. Aparte de otras dignidades y oficios, llegó a ser Comendador Mayor de la orden de Alcántara, Alcaide del Alcázar de Sevilla, Gran Canciller de Indias, General de la caballería española, Tesorero general de la Corona de Aragón y Teniente General. Tuvo asiento en las Cortes de Castilla.

 Obra como ministro

Una vez instalado en el poder inició una actividad política trepidante. En el interior trató de llevar a cabo un amplio programa de reformas, mientras que en el exterior tuvo que hacer frente a una serie de compromisos bélicos ocasionados por la reanudación de la guerra con Holanda, el apoyo a los Habsburgo austriacos y la enemistad de Francia, dirigida por el cardenal Richelieu.
Entre las reformas internas, llevó a cabo una campaña contra la venalidad y corrupción del anterior reinado, eliminando de la corte a los miembros de las facciones de Lerma y Uceda y condenando los abusos del reinado anterior con castigos ejemplares. Sin embargo, para afianzar su poder, situó en puestos clave a sus propios parientes, amigos y clientes, acumuló para su casa títulos, rentas y propiedades. Asimismo sustituyó el tradicional sistema de consejos por una serie de juntas, que abarcaban diversos ramos de la administración pública (Armada, Sal y Minas, Obras y Bosques, Limpieza y Población), o que cumplían otras funciones como la Junta de Reformación, que velaba por la moralidad de la Corte, o la Junta de Ejecución, organismo ejecutivo para la rápida toma de decisiones. También trató de implantar una serie de medidas económicas de corte mercantilista, como incentivos a las manufacturas de lana y seda, fomento del comercio, medidas proteccionistas, etc., que sin embargo no llegaron a cuajar ante la falta de vigor y constancia. Sin embargo, los proyectos más ambiciosos se referían a la Hacienda y consistieron en la supresión del impuesto de los millones, la creación de unos erarios estatales para la financiación de las obras públicas y el fin de las acuñaciones masivas del reinado anterior, a fin de contener la inflación. No obstante, todas las reformas se estrellaron siempre con el hecho fundamental de la ruina de la economía de los reinos de la monarquía y la pérdida de crédito internacional.
Archivo:El conde-duque de Olivares, by Diego Velázquez.jpg
http://bits.wikimedia.org/skins-1.17/common/images/magnify-clip.png
Gaspar de Guzmán, cuadro de Diego Velázquez.
El conde-duque también se preocupó del problema fundamental de la monarquía, consistente en la diversidad de prerrogativas reales en cada uno de los reinos de la monarquía. El programa político de Olivares quedó recogido en el que sería conocido posteriormente como Gran Memorial que presentó al rey en 1624 y cuyo contenido se basaba en dos conceptos principales: reputación y reforma.
En el mismo, se sugiere una solución diametralmente opuesta a las que habían ensayado anteriores soberanos, introduciendo la uniformidad legal en los diversos reinos. Para ello, proponía un plan de reformas encaminadas a reforzar el poder real y la unidad de los territorios que dominaba, con vistas a un mejor aprovechamiento de los recursos al servicio de la política exterior. En su opinión, la eficacia de la maquinaria bélica de la monarquía, sostén de su hegemonía en Europa, dependía de la capacidad para movilizar los recursos de sus reinos, lo cual requería una administración más ejecutiva y centralizada. Esto es lo que se llamó la Unión de Armas, proyecto para incrementar el compromiso de todos los reinos de España para compartir con la Corona de Castilla las cargas humanas y financieras del esfuerzo bélico. De esta forma, se preveía la creación de una reserva común de 140.000 hombres, aportados proporcionalmente a su población por todos los reinos de la monarquía. Esta medida fue interpretada por los territorios de la Corona de Aragón (Reino de Aragón, Principado de Cataluña, Reino de Valencia y Reino de Mallorca) como un peldaño más en su sumisión a la monarquía.
En el exterior, aunque Olivares dejó a un lado las campañas imperialistas y agresivas, se concentró en la defensa de los bienes heredados del siglo anterior. Los Países Bajos y Alemania fueron los escenarios donde se llevó a cabo esta lucha por la supervivencia. La lucha ya había comenzado en Alemania en 1618, con el desencadenamiento de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Los Habsburgo españoles no se involucraron directamente, sino que enviaron dinero y hombres a sus parientes austriacos. Estas tropas colaboraron en el aplastamiento de la rebelión bohemia, al tiempo que se invadió el Bajo Palatinado. La rebelión de los católicos de la Valtelina contra sus señores protestantes de la Liga Grisona, permitió estacionar tropas españolas en el valle y proteger el camino español entre Génova y los Países Bajos, operación refrendada por el tratado de Monzón en 1626. Con respecto a Holanda, se reanudaron las hostilidades con las Provincias Unidas al no prorrogarse la Tregua de los Doce Años, considerada ruinosa por la corte hispánica. En un principio se consiguieron algunas victorias, como Fleurus (1622) o la rendición de Breda (1625).
Sin embargo, las guerras provocaron un endeudamiento creciente por la falta de de nuevos recursos financieros, hasta llegar a la bancarrota de 1627. Desde entonces, las derrotas militares se sucedieron, abriendo el camino para la decadencia del poderío español en Europa. La monarquía había perdido las buenas relaciones con la Inglaterra de los Estuardo, al fracasar las negociaciones para casar a la Infanta María Ana con el príncipe de Gales. En Flandes se perdieron Bolduque (1629), Maastricht (1632) y Breda (1637), en tanto que la flota española era derrotada por la holandesa en la batalla de las Dunas (1639). En Italia, la segunda guerra de sucesión de Mantua se había resuelto con la anexión por parte de Francia del Marquesado de Montferrato, mediante el tratado de Cherasco en 1631, al tiempo que se perdía definitivamente la Valtelina, en 1639. En el Imperio, la resonante victoria española de Nördlingen de 1634, en la que el Cardenal-Infante Fernando arrolló el ejército de Gustavo Adolfo de Suecia, dio paso a la irrupción de Francia en la guerra, que entraba así en su fase decisiva.

 Final

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Tumba de Gaspar de Guzmán en Loeches
Olivares protagonizó en el periodo 1627-1635 un último intento de imponer sus reformas por la vía autoritaria. La política unificadora seguía siendo, a los ojos del conde-duque, la única posibilidad de salvación para la monarquía, pues era preciso que los demás reinos contribuyesen a las cargas militares que Castilla sola ya no podía sostener. Sin embargo, las resistencias fueron aún mayores y, unidas a las derrotas militares, minaron el prestigio del valido. Tras un primer sobresalto con el motín de la Sal de Vizcaya (1630-1631), el descontento en el interior de los reinos peninsulares estalló por fin en 1640. La ocupación francesa de Salses, en el Rosellón, con lo que la guerra llegaba a Cataluña, fue el pretexto hallado por Olivares para imponer la Unión de Armas. Sin embargo, el sistema de reclutamiento fue declarado contrario a las constituciones catalanas por la Diputación catalana, y los disturbios surgidos a raíz de la obligación de alojar las tropas terminaron creando un clima de tensión que desembocó en el trágico Corpus de Sangre (junio de 1640) y la secesión catalana, que no sería sofocada hasta 1652. Del mismo modo, meses más tarde, y por razones similares, se produjo la insurrección de Portugal en diciembre de 1640, que conduciría a su independencia y el fin de la unión dinástica con el resto de reinos hispánicos. A las derrotas castellanas en Montjuich (junio de 1641) y Lérida (octubre de 1642) se unió la Conspiración independentista en Andalucía (en el verano de 1641), con lo que el conde-duque perdió finalmente todo su crédito político y fue desterrado el 23 de enero de 1643. Primero se retiró a su señorío de Loeches, en las inmediaciones de Madrid. Incluso entonces, los detractores del antiguo valido siguieron formulando acusaciones contra él, hasta que consiguieron que el rey le desterrara más lejos, a la ciudad de Toro en 1643, y que fuera procesado por la Inquisición en 1644. Allí murió en 1645 y está sepultado en un convento fundado por él en Loeches.

 Valoración

La noticia de la muerte del conde-duque fue recibida con un sentimiento de alivio y liberación por la mayoría de sus compatriotas.[cita requerida] El autoritarismo del conde-duque no había sido bien recibido por los súbditos de la monarquía, incluso si tal autoritarismo era la consecuencia de la convicción de que la supervivencia de la monarquía requería la movilización para la guerra de todos los recursos humanos y tributarios disponibles. La caída de Olivares no supuso, sin embargo, ningún cataclismo. Felipe IV había gobernado veintidós años con el conde-duque y gobernaría otros tantos sin él. No obstante, la caída de Olivares hizo salir definitivamente a la luz dos hechos que ningún soberano de la casa de Habsburgo podría cambiar. Por un lado, la hegemonía entre las potencias europeas de la monarquía hispánica estaba a punto de pasar a Francia. Por otro, la corona había visto fracasar sus esfuerzos por reformar el ordenamiento administrativo, constitucional y económico, en su legítima pretensión de encarar favorablemente los cambios que estaba experimentando Europa. Sus esfuerzos resultaron aún más baldíos por cuanto la sociedad española, al igual que sus coetáneas europeas, eran instintivamente reticentes a todo cuanto significase "novedad".
Hasta el advenimiento de una nueva dinastía, ningún ministro se atrevería a impulsar unas reformas tan radicales como las propugnadas por Olivares. Debido a su fracaso, el conde-duque había desacreditado muchos de los aspectos de la política con la que se le asoció. Sin embargo, sus medidas reformistas, desde sus planes de repoblación hasta los de reforma fiscal, reaparecieron de una forma u otra durante el gran movimiento reformista borbónico del siglo XVIII.
El personaje de Olivares es hoy recordado acaso más por su presencia en las artes que por su faceta política. Apoyó al joven pintor Velázquez, de orígenes andaluces como él, en su acceso a la corte de Madrid. Velázquez pintó diversos retratos de Olivares, como el ecuestre del Museo del Prado y varios de cuerpo entero conservados en diversos países. Una efigie de Olivares, basada en un retrato de Velázquez y realzada con una orla por Rubens, fue grabada por Paulus Pontius.
Por otro lado, los historiadores dicen que fue Olivares, y no Felipe IV, quien impulsó la construcción del Palacio del Buen Retiro de Madrid, un amplio proyecto que revolucionó el ámbito de la pintura en la ciudad, gracias a los encargos y compras masivas que se efectuaron para decorar este nuevo palacio. Se dice que Olivares propuso la gran obra para distraer al rey y gozar de mayor libertad en sus tareas de gobierno.
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